Temblores





Aunque posaba sus brazos con suavidad sobre la mesa, y martilleaba con precisión las teclas del ordenador, las varillas de paniculata eran tan finas que la más mínima vibración hacía temblar las florecillas blancas que se disparaban hacia el techo de la sala en marejadas, como en una verdadera eclosión de primavera, las clavellinas fucsia no se impresionaban ante los embates de los dedos que seguían golpeteando el teclado y que no terminaban de provocar los temblores. De pronto reinó el silencio, porque la máquina decidió dejar de escribir, fue un momento de vuelta a la normalidad, cesaron los temblores, de alivio respiraron las florecillas, de alivio reinó nuevamente el silencio, aunque era un silencio denso.

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