Estambul, ciudad y recuerdos de Orham Pamuk



Vuelvo a leer “Estambul, ciudad y recuerdos” de Orham Pamuk con la cercanía que siempre éste autor consigue crear en mi, las visiones del Estambul de la infancia, de la adolescencia, de los recuerdos que permanecen grabados indeleblemente en la memoria del escritor, se desarrollan con una emoción inolvidable de amargura y de ternura, los sentimientos que los espacios del Bósforo crean en el escritor son recreados con la emoción propia del que ha vivido intensamente las calles, las luces y sombras de una ciudad sobrecogedora por su historia, allí viajeros como Flaubert, Gautier o Nerval quedaron incrustados sin la fuerza de poderse despegar de un entorno donde Occidente y Oriente constituyen una amalgama única.

Estambul es un cruce de destinos, allí las ruinas se encuentran con la Historia, la Historia con la vida , las ruinas con la vida, allí las especias son de una variabilidad infinita, allí dibujó Melling con la horizontalidad constructiva del recuerdo los paisajes que nos recuerdan el esplendor de Bizancio y del imperio otomano.

Decía Italo Calvino en “Las ciudades invisibles”:

Pero la ciudad no dice su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en los ángulos de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras, en las antenas de los pararrayos, en las astas de las banderas, surcado a su vez cada segmento por raspaduras, muescas, incisiones, cañonazos.”

La ciudad de Estambul contiene un pasado grabado en los rincones de la Historia, recojo una porción del libro de Pamuk:

“A veces la ciudad se convierte en un lugar completamente distinto. Los colores de las calles a las que uno le hacen sentirse en casa desaparecen de repente, súbitamente comprendo que las mismas multitudes que tan misteriosas me parecen cada vez que las veo, en realidad, llevan siglos errando sin rumbo por las aceras. Todos los parques se transforman en un momento en eriales fangosos e insípidos, las plazas cubiertas de postes eléctricos y paneles publicitarios en fríos espacios de cemento y la ciudad en un lugar tan completamente vacío como mi alma. La suciedad de los callejones, el hedor que se extiende por toda la ciudad desde los contenedores de basura abiertos, los infinitos socavones en calles y aceras, las subidas y bajadas, todo ese desorden, esa confusión y ese caos que convierten Estambul en ella misma me provocan la impresión de que no es la ciudad la insuficiente, mala y deficiente, sino mi vida y mi alma. Es como si la ciudad fuera para mi un castigo merecido y yo algo que la contamina. Cuando una profunda tristeza y una intensa amargura se filtran de la ciudad a mí y de mí a la ciudad, noto que ya no me queda nada que hacer: yo, como la ciudad, soy un muerto viviente, un cadáver que respira, un miserable condenado a la derrota y a la suciedad, tal y como me hacen notar las calles y las aceras. En esas ocasiones así, ni siquiera me da la más mínima esperanza ver el Bósforo, que se estremece como un pañuelo por entre edificios de cemento nuevos y feos que se desploman sobre mi espíritu con todo su peso. Entonces como un estambulí veterano que nota en las tardes de otoño que se está aproximando una tormenta de poniente por el olor a algas y mar que se va infiltrando lenta y silenciosamente por las calles de la ciudad, siento que por las calles invisibles a lo lejos se va acercando lo peor, el auténtico y destructivo sentimiento de amargura, y como cualquiera que preferiría pasar en su hogar una catástrofe, la muerte, un terremoto o una tormenta de poniente a mi me gustaría regresar de inmediato a mi casa”

Y es que es la indescirnibilidad de la amragura es la nota común en Estambul y su gente, la ciudad habita en el interior de los estambulíes tanto como el alma de la gente impregna cada rincón de Estambul, es una amargura única por lo que no es solamente una impronta negativa para el carácter de la gente sino también un sentido histórico de grandeza perdida, un orgullo histórico que dota a la ciudad y sus habitantes de un señorío imperial.

Pamuk analiza Estambul no solo buscando la verdad de su vida sino la simetría que se esconde en cada contexto, traza sin miedo las líneas que comportan una estructura lineal y metamórfica, no existe la ciudad sin sus habitantes, sin duda Pamuk es un escritor que es a su vez arquitecto, poeta y dibujante, por lo que ninguno de sus esbozos están desorientados a lo caótico sino que buscan una armonía geométrica que construye son los hilos de su memoria.

Recuerdo aquel viernes de 2006 que le regalé a mi amiga Lola Urbaneja éste libro mientras se recuperaba en el Hospital, recuerdo que el día de antes mi compañero y amigo Fernando Merino me recomendó leer a Pamuk, recuerdo como al día siguiente conocí la noticia de la concesión del Nobel, el primer Nobel a un escritor turco. Desde entonces siempre que leo a Pamuk me parece muy cercano, tan cercano que en una de las fotografías de niño encuentro parecido conmigo en aquella fotografía de la comunión, el flequillo, la forma de la oreja, son fotos que permanecen unidas por una cultura común, las costumbres familiares que marcan siempre el destino humano.

Os recomiendo la lectura de éstas memorias como un ejercicio de acercamiento al escritor y a su ciudad, como una manera de vivir y revivir en nuestra mente lo que el corazón siempre dicta, la voz de la ternura y la verdad que en éste libro se musita con la fuerza de la historia.

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