Poesía cercana, Irene Alcubilla Troughton




El mejor año de una vida

No entiendo una palabra de lo que dice.
Pero veo sus labios moverse a escasos centímetros de mí, redondeándose de esa forma tan británica y suave que impide distinguir más de dos sílabas seguidas. Flechas de luz verde atraviesan su piel, se clavan en mi pecho y siguen su trayectoria detrás de mí. Sigo sin entender nada. Esta vez opto por abrir un poco los ojos, fruncir la boca mostrando sorpresa o aprobación o incluso desaprobación y al final sonrío. Parece satisfecho.
Dicen que éste es el mejor año de una vida, una oportunidad que no puede perderse, en la que hay que aprovechar cada segundo, en la que todo es especial. Lo que no te dicen es que el tiempo no se para para ti. Lo que obvian es que, en realidad, sólo sigues tu día a día, continúas caminando por las mañanas hacia la universidad, viendo películas de baja calidad en un portátil recalentado y dejando escapar horas en notificaciones ajenas del Facebook.
Just water, please.
Aparto la mirada de la barra y apoyándome en el codo derecho vuelvo a mi postura original. Ahora hay más gente. La luz parece azul y veo como intercambian algunas frases entre ellos. Creo que tampoco se entienden. ¿Por qué habrá sofás en mitad de la discoteca? ¿Y cómo se decía sofá en inglés? Couch, sí, couch [Caaaauch]. No lo confundas con Coach. Eso es entrenador. Pero suena igual. Todo suena igual aquí. Entonces se acerca y empieza a bailar conmigo. Claro, bailar, casi se me olvida. Me doy la vuelta y le acompaño. Pero no, aquí nadie baila mirándose a la cara. Fallo mío. Todos se encaran hacia un escenario y dirigiendo los ojos hacia el mismo punto fijo bailan unos con otros, aunque en realidad no bailen unos con otros.
Y es eso, se les olvida decir que sentirás tanta presión en cada articulación de tu cuerpo, que las jaquecas te acompañarán todas las tardes durante un mes y que te descubrirás con ganas de arrasar con la mitad de las estanterías de Tesco, sólo por que no entiendes la diferencia entre sugar snap y french beans.
Pero sin previo aviso, como un tropiezo en mitad de la calle, el cuarto de baño me da un vuelco. Deslizando las manos por la lentitud de las paredes que de pronto me envuelve, abro la puerta. Y entiendo por qué hay una fuente justo en frente de mí. Deshago mis pasos hasta la pista de baile y siento que sonrío despacio, que respiro despacio, que existo despacio. Es entonces cuando los veo, por primera vez, disueltos entre miles de cabezas que recolectan sus miradas en la misma dirección, y parece que  me reconforta. Entactogénesis de entre la borrosidad de las máquinas de humo que me atrapa y me estira, eleva mis brazos y roza, húmeda, mis pupilas. Noto que me abrazan por detrás con inconsistencia, apelando al absurdo de aquella colectividad en la que nos íbamos encontrando poco a poco. Dejo escapar en gotas de sudor cada uno de mis pensamientos, porque en esta sala oscura en mitad de la nada, en esta minúscula porción de presente, todo se desvive en un aquí y un ahora.
Me toco la piel y sé que las traspaso con mis dedos, con el brillo morado que se desliza por mi bajo vientre y me aferra a él, o ella. No importa. Porque yo soy él y tú eres él y tú eres yo y todos huimos de la misma forma, cayéndonos por la euforia que une nuestras bocas y aprieta mi mandíbula. Cruzo miradas que se me clavan detrás de los ojos y que me recorren los órganos hasta aterrizar con un estruendo en mi estómago. Luego retumbo, albergo en mis tripas todo lo que mi mente pudo abarcar y retumbo. Y bailo movida por unos sonidos que fluyen de mis entrañas. Veo como el negro que emerge de cada esquina va consumiendo la sala, como se oculta más y más entre ruidos de subbajos y como mi conciencia y mi cuerpo, sin remedio, me empujan a fundirme en una figura desconocida. 
Es después, mucho después, cuando, de un fogonazo, las imágenes se suceden deprisa, me ciegan, pierdo la cuenta y el tiempo sí que se para,
se para,
se para,
se para,
se dilata y se contrae, retorciendo las horas en una espiral de bomba de relojería que me devuelve temblorosa al inicio de la mañana.
La punzada en la suela del pie del primer paso del día siguiente (o el mismo día un poco más tarde) me azota la conciencia. Empiezo a notar de nuevo todas las minucias que había olvidado que existían: frío, dolor, aliento, ronquera, puede que… sí, definitivamente, sujetador mal colocado. Camino despacio con la cabeza oscilando entre el suelo y el horizonte. Las calles huelen a nuevo mientras atravieso la misma rutina de siempre. Doblo la esquina que doblo todas las mañanas y en la que habitúo a chocarme con algún transeúnte; ignoro al mendigo del metro al que ignoro todas las mañanas y que extrañamente nunca mendiga; cojo el periódico que cojo todas las mañanas y que acabo siempre por no leer. Y mientras me cruzo con acentos que sobrevuelan mi dolor de cabeza y mi botellín de agua, pienso que ellos tienen razón y que probablemente yo también ignore muchas cosas cuando diga que sí, que es una oportunidad que no puede perderse, que hay que aprovechar cada segundo y que todo es especial. Porque, al fin y al cabo, es el mejor año de una vida.

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