Poesía cercana, José Lupiáñez



SULTAN AHMET ÇAMII
                  [LA MEZQUITA AZUL]


     Con las manos detrás, sobre la espalda,
mirando hacia lo alto, al cielo,
del que son embajada las altísimas cúpulas,
camino descalzo por el mar de alfombras
de la Mezquita Azul... La mañana se filtra
a través de las alegres vidrieras
que inventan otra luz, otro modo de ser
del día; otra manera de ser de la luz,
que es ya emoción,
porque el corazón late más rápido.
Azulejos de ensueño, de verdes y de azules,
con el brillo de siglos y de gemas cautivas,
componen ese cosmos de geometría o locura:
tulipanes y ramos, claveles o planetas;
dorados laberintos en los que se quedaron
los ojos del calígrafo... Resuena aquí una fe
que es una brisa y una queja,
ese canto desde el mihrab lo afirma ahora,
y es un llanto que endulza de lejos la esperanza.
Genuflexos, los fieles prosiguen su liturgia
y se inclinan o besan un suelo de pisadas;
pisadas en lo santo de plantas temerosas...
Siento que tiembla el mundo y que aquí,
bajo el regio velamen de esta nave doliente,
-acaso un espejismo-, tiene mi vida
ese cobijo que, quizás, la redime...
"No puede ser, no puede ser -me digo-,
esta lujuria, esta explosión de luces,
este delirio que nos conquista la voluntad,
este oro que flota, este polen
al que el alma no sabe oponer resistencia"...
Aguardo a que termine la oración, un instante,
y me quedo a solas, bajo la inmensa corona
de lamparillas que llamean sobre mi cabeza.
Respiro el vaho sagrado que alimenta al espíritu
y ensueño junto a una columna de briosos nervios.
Dios está aquí, en esta desmesura,
en esta dolorosa fantasía de los hombres,
que oran con la cabeza cubierta
y tienen los dedos resecos
por las cuentas de sus rosarios.
Afuera el Mar de Mármara,
azul, como el color de los ojos de la favorita
es un mar calmo, de seda, un mar dormido,
en el que se han quedado varados los grandes navíos,
varados por el hechizo inexplicable de un deseo.
Por esta gran burbuja preferida y gigante
va mi vida errabunda; la luz y el salmo
la consuelan, porque lejos de esta ilusión,
(que la retina mira con hambre,
por miedo a que se desvanezca),
la desventura sigue aguardando
con sus trampas secretas

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