"en pocas palabras" Antonio J. Quesada


EL MÉDICO PERSONAL

Antonio J. Quesada

“Ha sabido usted adaptarse muy bien al nuevo orden, Doctor”.

Esperaba desde hacía un rato que vinieran a buscarme, pues ya no podían demorar mucho más su llegada. Al fin y al cabo, el ahorcamiento se había producido, y no tenía sentido prolongar más todo esto.
Abrieron la puerta mientras yo estaba leyendo la revista inglesa que me habían traído en el correo de la mañana. En ella, por cierto, a mí sólo se me mencionaba levemente. Mejor. Hacía frío en aquella destartalada estancia.
Llegaron. “Doctor, cuando guste”.
Efectivamente, estaba muerto. Certifiqué el fallecimiento y sólo entonces se permitió el paso a más fotógrafos y cámaras de televisión. No querían que nadie pudiera dudar de que la ejecución se había celebrado, y lo mejor era dejar que tomaran las imágenes que quisieran. Sin contar, además, con el factor ejemplarizante de todo esto.
Había sido una noche muy larga, así que volví a casa para descansar.
- Todo terminó –comenté a mi esposa cuando entré en casa. Tomaba su desayuno, en la cocina, escuchando el transistor. Sin levantarse, hizo un gesto con las manos como dando a entender que aquello era lo previsible. Con rostro de profundo cansancio, me ofreció un café.

- ¿Cómo murió? –me preguntó mi esposa, cuando desperté. Cuando abrí los ojos ella estaba sentada, a los pies de la cama, esperando que yo terminara mi descanso.
- Como decís aquí, como un hombre –comenté, desperezándome-. Se negó a que se le cubriera la cara, se mantuvo entero en todo momento y con el Corán en la mano. Por lo visto, pidió que se entregara el libro a un primo suyo y que su cuerpo fuese entregado a la familia.
- ¿Estuviste presente en su ejecución?
- No, pero esto que te cuento es lo que comentaban los muchachos. Además, han colgado también a Amín, a Abdel, a Yaser y a Faisal.
Mi esposa quedó pensativa.
- Ya. A todos los de la vieja guardia –su rostro se tornó sombrío-. Tus antiguos colegas de Comité.
- Efectivamente –comenté-. Mis antiguos colegas de Comité. Menos mal que mi perfil en el organigrama del régimen era más de asistente técnico que de político. Yo no quitaba vidas, yo las salvaba, y eso me ha ayudado mucho.
- Ya: eras el flamante médico personal del presidente. Y eres ciudadano británico, no lo olvides, también eso te ayudó bastante –comentó mi esposa, con cierto complejo de inferioridad y algo de ira reflejados en el rostro.
- Puede ser, puede ser…

Durante el proceso, me los encontré en una ocasión. Fue cuando me llamaron a declarar como testigo.
Declarar únicamente en condición de testigo, y no como imputado, fue un gran paso para mí. No se puede negar que fui hombre de confianza del Jefe durante bastantes años, pero fue muy inteligente por mi parte ponerme rápidamente de acuerdo con mi Embajada para salir de este entuerto. Si lo llego a dejar, el final para mí hubiese sido, posiblemente, como el de los demás: la horca. Pero, al fin y al cabo, yo no era tan culpable, pues yo no era más que un médico y, además, extranjero y perteneciente a una gran nación. Una guinda folklórica dentro del régimen, perfectamente utilizable en la reconstrucción del país.

A cambio de mantener el cuello intacto, además, debía colaborar en todo con las tropas de ocupación, para localizar a todos los criminales y para instaurar la democracia.

Durante el proceso me crucé directamente con él, y fue entonces cuando me dijo aquello que jamás olvidaré, mientras me miraba con ojos fríos. “Ha sabido usted adaptarse muy bien al nuevo orden, Doctor”, dijo exactamente.
Para ser sinceros, tampoco le faltaba razón. La verdad es que supe adaptarme al nuevo orden perfectamente.

- Soy tu esposa y siempre estaré a tu lado, pero has tenido mucha suerte en todo esto. Todos esos juicios son ilegales.
- Pues sí, la verdad es que sí he tenido suerte –comenté, algo distraído-. Bueno, también es verdad que no tengo las manos manchadas de sangre.
- De sangre no, aunque has prestado buenos servicios para la causa, y algunos eran importantes, acuérdate de las autopsias. Pero todos los beneficios que hemos gozado durante este tiempo eran directamente gracias a él. La gran casa, los sirvientes, los lujos, todo.
- Sí, menos mal que hemos evolucionado hacia la democracia.
- Aunque sigamos manteniendo todos los lujos –me miró con cara de asco-. Pero cualquier día algún compatriota mío puede degollarnos. ¿Y sabes lo peor? Que tendrá razón al hacerlo.
- ¿Por qué?
- Tú y yo somos, posiblemente, los peores. Tú un aventurero que jamás creyó en nada (y sigue sin creer en nada), y para adaptarse a todo pasa por encima de lo que sea. Y yo, una mujer que se casa con un extranjero, y, encima, de tu calaña.
- Tampoco es eso. No es para tanto –miré el reloj-. Anda, prepárame las cosas, que debo ir a Londres con el Presidente. Ha insistido mucho en que le acompañe en este viaje, mucho más que en otros, y debo corresponderle. Es un gran tipo, el presidente. Un hombre de estado.
- Ya –cruza los brazos-. ¿Puedo hacerte una pregunta, Doctor?
- Dime –le temo cuando se pone así.
- ¿Con quién trabajabas más a gusto, con ese que ahora calificáis de tirano o con el excelente presidente democrático impuesto por los americanos que disfrutamos ahora?
No contesté: tomé el vaso de agua de la mesita de noche y salí al baño, sin poder mantener la mirada de mi mujer.
Llegó un momento en mi vida en que decidí no sólo no hacerme según qué preguntas, sino no ofrecer a nadie según qué respuestas.

Terminé la maleta, para estar preparado para el viaje. Ser el médico personal del presidente obliga a estar siempre preparado para todo en todo momento.



[1] Relato publicado en Revista Cultural “Ars Creatio”, Año II, núm. 7, 2007, edición de verano.

Comentarios

Antonio J. Quesada ha dicho que…
Gracias, amigo Víctor, por tu guiño a este relato que, seguramente, no es ciencia ficción...
un abrazo fuerte

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