"en pocas palabras" de Gris Marengo


LOS TRANSGRESORES
     A María la conocí en uno de esos momentos en que necesitamos comunicarnos. Sin embargo, la consigna del médico del Servicio de Rayos del Hospital Oncológico, era  lo contrario. Lo primero que nos aconsejaban era no hablar con los pacientes, ya que el conocimiento de otras patologías podría desencadenar más incertidumbre. Pero fue verla a María para olvidarme de la premisa.  A diferencia de otros pacientes, nosotros estábamos solos. En mi caso, porque no tengo familia. En el suyo, porque su novio no aceptaba su enfermedad. Luego, conversando, interpretamos que el miedo ante semejante mazazo, hace que más de uno huya despavorido. María tenía siempre una excusa valedera para justificar la ausencia de su pareja. Pero la realidad era que el vínculo se había desgastado y que el muchacho no se animaba a terminar la historia.
     A mí me trasladaba un móvil de la obra social y a ella un taxi que la depositaba en la puerta. Desde el primer instante nos reímos. Nos pareció extremadamente curioso que en una sala donde el silencio era sepulcral, no paráramos de hablar, como si nos conociésemos desde siempre. Luego entendí que en las instancias límites se disipa hasta la vergüenza.
     María era muy coqueta. Ante la adversidad no perdía ese rasgo y cuidaba cada detalle de su vestimenta. Me gustaba el modo en que se movía, su aroma, la gracia con la que gesticulaba. Femenina hasta en los peores momentos, me encandilaba.
     El tratamiento duró varios meses y siempre en el mismo horario, por lo que nos esperábamos en la entrada y a la semana ya nos apoyábamos uno en otro. A veces no se cumplían los turnos prefijados porque los casos más delicados tenían prioridad. Entonces nos quedábamos esperando horas, mientras veíamos que muchos entraban en camillas. Algunos lloraban. Nosotros disfrutábamos de estar juntos y creábamos nuestra burbuja dentro de ese universo desgraciado.
     Yo cultivaba las artes plásticas, que era lo que siempre le hubiese gustado hacer a María. Nuestro proyecto era terminar el tratamiento para enseñarle las primeras técnicas.
     La enfermedad nos hacía valientes ¿Qué más nos podía pasar? Lo increíble era que en vez de matarnos, nos estaba dando a ambos una oportunidad. Pintaríamos juntos y viviríamos de la pintura. Ella dejaría esa horrible y gris oficina en la que había transcurrido una parte de su vida. Mis consejos hicieron que pusiera fin a su relación de pareja que no la conducía a ninguna parte.
     Las semanas fueron pasando y nuestros lazos se fueron afianzando. María me confesó que se había enamorado de mí. Ese día lo recuerdo como si fuera hoy: llevaba varias placas que debía entregar al médico de guardia y a ella se le ocurrió señalarme con el dedo la inscripción que había en el sobre que las contenía: “No doblar”, decía. Entonces empezó a doblarlas y a reírse y se le ocurrió que serían maravillosas pintadas de todos los colores y que las coloreáramos juntos.
     El tratamiento concluyó. Logró una remisión de la enfermedad. Después que el médico anunció este triunfo, nos comunicamos por teléfono y decidimos festejarlo en mi estudio. Entonces no sólo cenamos, bailamos y reímos, sino que ella se apareció con un bolso lleno de placas. La gran locura estaba por concretarse. Las acomodamos en el piso y allí puse mis pinturas. Ella tomó primero el pomo amarillo, el verde y el rojo. Empezamos a pintar las placas con pinceles, luego con los dedos. Terminamos pintando con las manos y con los pies. Fuimos tiñendo los grises y nuestros cuerpos se fueron mimetizando con ellos. Éramos azules y verdes, pájaros y alas, libertad y pasión.
    Una mañana de otoño María me dejó. La trasgresión no fue suficiente para salvarla, pero estoy feliz, porque María se fue con bombos y platillos. Aún recuerdo su cara pintada, su risa. Entre ambos trazamos un camino. María nos dibujó tomados de la mano, tan fuertemente que parecía que era imposible la separación. Yo, pinté la eternidad.

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