"Algo que nunca debió pasar" de Juan M. Velázquez




La lectura de “Algo que nunca debió pasar” de Juan M. Velázquez está precedida por dos poemas de Karmelo C. Iribarren, poeta de la calle al que leo y admiro profundamente, uno de ellos dice:

Aquí,
en algún lugar perdido
entre la juventud
Y la vejez,

buscando
algún indicio de algo
que no me suene a ayer
y no me importe
dejar para mañana

Sin encontrarlo.

Es gracias a Karmelo el que conocí a Juan M. Velázquez y su novela, recibí sorprendido un ejemplar en mi casa ésta “historia de buenos y malos que llega desde el Norte” acompañada de un abrazo. La leí alternándola con poemas del olvidado y extraordinario poeta Tomás Segovia y me fue enganchando desde el inicio. Las descripciones directas y elegantes que el escritor nos sitúa desde el inicio en un ambiente sórdido, en una escena violenta donde un “madero” de apellido Pérez, González, Fernández, Ramírez o algo así desata una tortura sobre unos vascos. Desconocemos el porqué pero se palpa el dolor de las astillas de un pasado, las astillas que se clavan nuevamente producto de una explosión antigua en el tiempo pero cercana esos instantes, pero lo que fluye es la necesidad de ambas partes de conseguir su objetivo, solo había un componente imprescindible en la solución: la verdad.

La explicación fluyó con la soltura que da la sinceridad. Eso, la sinceridad, hay que rezar porque el madero la perciba-decía otro veterano- y que quiera oír la verdad, porque puestos a cantar, como te toque un sádico que sólo descanse cuando te vea muerto, date por jodido. Aquel hombre quería la verdad y él podía contársela por muy absurda que fuera”

La historia se adentra en el estudio de la derrota, de los perdedores, de sus heridas cicatrizadas, de la adaptación al medio, de la vida en definitiva que queda tras la guerra, del profundo y denso silencio tras el grito de dolor de esa guerra que aún nos acompaña en muchas noches. La particularidad de la novela es su manera valiente de tratar a personas de ambos bandos, a saber diferenciar que tras la piel de las ideas, están las vísceras ya ajadas y deseosas de no ser más violentadas por la desazón y la incomprensión de las relaciones de personas que aún siendo contendientes, son esencialmente personas con emociones que se adecuan a sus circunstancias y su educación.

Una historia de buenos y malos, una historia de buenos menos buenos de lo que creemos y de unos malos que son eso, los malos, porque los malos siempre tienen que ser malos de verdad, sino la historia es demasiado aburrida. Como dice Ramírez, uno de los guardias:

Hay una línea, siempre hay una línea para diferenciar casi todo lo importante, le repetía Bermúdez. Cada ser humano cabal debe conocer lo que está a un lado y a otro. Para diferenciar a los amigos de los simples conocidos y, sobre todo, de los enemigos, para reñir a los hijos, para entender y perdonar y sobre todo, para diferenciar a los buenos de los malos. Tenía razón Bermúdez, y ellos eran-sin duda-los buenos y el que lo dudara no tenía más que haber estado cinco minutos dentro de un zulo oscuro que rezuma agua por sus cuatro paredes de tierra, y haber visto a la luz del farol el cuerpo de otro ser humano rodeado de su propia mierda, con una bandera española por mordaza, las manos y los pies atados y dos tiros en la cabeza. Allí dentro se podía respirar el pánico de alguien que sabe que ese va a ser su último hogar, que allí va a morir. Solo y sin despedirse de nadie. Porque algunos si sabían que iban a morir, porque eso se sabe. Pegar a alguien o hacerle lo que sea para que diga o de cualquier pista sobre donde está un secuestrado era lo único que se les ocurría. No se había inventado nada mejor. En esos momentos, la línea estaba muy clara para Ramírez. El fin justificaba con creces los medios que empleaba.”

Pero esa determinación que dota de una seguridad a Ramírez de conocer con nitidez la frontera de buenos y malos, con el tiempo, con los años veremos que cambiará, como él mismo siente años más tarde:

Lo peor de un policía es cuando se quema, cuando bordea los límites durante demasiado tiempo y ya no distingue el bien del mal, la luz de las sombras y cuando se cree con derecho a todo.”

No voy a desvelar mucho sobre la novela en lo relativo a su desarrollo y desenlace final, más bien no voy a desvelar nada absolutamente sobre el final dado que es bastante sorprendente y lo considero de lo más redondo; una circularidad que la novela pretende desde un principio y que está conseguida. Los límites del contorno circular son difusos, así ha de ser, como los bordes de un cuadro de Rothko, donde la mente se difumina.

No obstante si quiero adelantar que la trama pasa por una niña que desaparece, un amigo que fue compañero guardia civil de otro en los peores años de violencia en el País Vasco que es llamado por éste para resolver el enigma, una familia vasca, los hermanos Antía, antiguos y prestigiosos nacionalistas que ahora son vecinos de la familia de la niña y que entraran a formar parte de los investigados, en fin, una interesante elaboración con buenos condimentos, consistente, escrita con fundamento e inteligencia, un guiso literario que nos deja un regusto agradable, y diría que sobre todo una novela que es valiente.

Muy recomendable.



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