"en pocas palabras" Gonzalo Guijarro


                                                 El mar


El cansancio está a punto de ganarle el primer asalto a la excitación del viaje; el niño que mira extasiado el hosco paisaje castellano dulcificado por la tenue claridad lunar, que discurre al otro lado de la ventanilla, está a punto de ceder al sueño. Pero se trata solamente del primer asalto. La largamente ansiada y evocada noche del milagro de cada verano apenas acaba de comenzar. Durmió el niño un sueño hondo y breve del que despertó de forma instantánea y total a la semioscuridad del departamento. Comprobó con lento agrado que las presencias que lo poblaban parecían dormir y apoyó la cabeza en el marco de la ventanilla, para sumirse de inmediato en la contemplación de aquella llanura infinita y fantasmal que corre y corre, cautivado por la luz irreal de la luna, hipnotizado por el rítmico golpear de las ruedas en las junturas de los raíles, que repite interminablemente: vas hacia el mar, vas hacia el mar. Volverá a dormirse y a despertar al misterioso espectáculo de los andenes desiertos de una estación desconocida, cuyos muros de piedra ya prefiguran el milagro que ha de traer la mañana y, al salir el tren lentamente de ella, sabrá que la sequedad del páramo ha quedado definitivamente atrás y mirará alborozado las siluetas de las montañas entre las que se zambulle vertiginosamente el tren, hasta que el fragor del primer túnel las borra. Y asiste maravillado a una atronadora sucesión de túneles en cuyos breves interregnos distingue ríos y árboles y a un hombre quieto ante la puerta de una solitaria casa de piedra –signos todos del milagro que se acerca, inexorable y gozoso–, hasta que el cansancio lo vence poco antes del alba, para permitir que su siguiente despertar sea asombrado testigo de la consumación de la metamorfosis del mundo: lo verde, lo frondoso, lo chorreante, lo curvo se adueña de sus fértiles ojos de niño fatigado de sequedades y durezas castellanas, y los abisma en un goloso mirar que intenta absorber y recordar hasta el último rincón de aquellas fachadas verdeantes de musgo, hasta el último brillo del rocío en los helechos, hasta la última y tenue veladura de la bruma, que el sol lentamente disuelve entre los pinos; y el niño mira y mira, pero sin dejar de escuchar la promesa que repite la terca letanía de las ruedas: vas hacia el mar, vas hacia el mar y, por fin, tras una curva, la luz cambia anunciando la llegada de la ilimitada extensión de azul resplandeciente: el mar.           

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