"en pocas palabras" Irene Alcubilla Troughton


Eso es Júpiter. ¿Segura? Claro que sí. Y la brisa del mar, suave, me levanta la falda a cámara lenta. Lo sé porque no parpadea. ¿Lo ves? Y es demasiado grande para ser una estrella, demasiado brillante. Te lo señalo con la mano y sonrío. Y sonríes y piensas que valgo más de lo que jamás podría ofrecerme a mí misma. Localizo otra constelación, moviendo los dedos, te hablo y parece que toco una melodía en el aire. En realidad creo que no llevo razón. De hecho, estoy segura, eso no es la osa mayor pero sonrío. Y sonríes y piensas que escondo mucho más de lo que cabe en mí.

Y ahí se acabó mi clase de astronomía. Te lo reconozco. Riéndome, acepto mi vulgaridad como si eso me alejara un poco más de ser vulgar y busco un punto final original, que es tumbarme en la arena con desgana. Sigo sonriendo, no sé por qué. De pronto pienso que la arena podría encogerse o expandirse, estirarse como una cama elástica, conmigo en medio, y hundirme y hundirme y hundirme, abrazada por trocitos de piedra cada vez más oscuros sin llegar nunca a nada. Lo digo en voz alta y nadie responde. Luego llegan a mis oídos palabras sueltas, pequeños retazos de cristal que me arañan la cara y se alejan en dirección al mar.

El aire me aprisiona ambos lados de la cabeza y me levanto. Buscando un frío incómodo que me haga recordar dónde estoy, escondo los pies en la arena. Ahora pienso que estaría mejor en mi casa o en el coche, o de pie, o tumbada de nuevo. No decido nada en concreto pero una especie de conciencia espesa me dice que llevo demasiado tiempo callada. Me doy la vuelta y me tumbo cerca de tu cabeza, más abajo que tu cabeza y el olor a sangría me repugna. No eres como la ginebra que besaba a medias en esquinas de un césped, ni como el vodka que me envolvía y arrastraba al ojo de un huracán, escondido en cajones de otras mesitas de noche. Ni siquiera, ni siquiera eres como un botellón en la playa, como un chupito en un bar o como la primera cerveza de la noche.

Pero ahora debo acercarme más a ti, a pesar de todo y oírme hablar de cosas que salen de mi boca involuntaria como el aire y vuelan alrededor de mí y te alejan. Cosas que no podrían importarme un martes en la playa del centro entre dos farolas apagadas. Y aun así, soy yo; soy yo la que se acerca y te besa, la que ignora todo y te besa y piensa que tus labios están duros, duros como las rocas que me hacen quejarme a la orilla del agua, duros y apretados; tan vacíos que me recuerdan a mis visiones de puntos negros justo antes de irme a dormir.

Y me aparto y sonrío. Mientras tus miradas se pierden en el fango de mis ganas de huir a cualquier precio.

Comentarios

Pedro ha dicho que…
Pues sí, Víctor, muy especial. Un regalo para tu blog.

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