"en pocas palabras" Jesús Baena Criado



La colectiva independencia



Siento clavados esos mástiles con hojas que no diluyo en mi paleta de sueños; tan clavados que sangran mi idioma. Y tan hendidos en mi garganta, anudando las cuerdas vocales de mis remordimientos, que ya ni siento sus telas mover.

Y si las viera, aunque asomaran siquiera, y el viento les contara una fábula de Van Gogh, aún más me aturdiría. Si bien no me queda más que pisar cadáveres desconocidos de los susurrantes hilos de las telas de estos mástiles hendidos, el mar de incertidumbre me arrastra a seguir caminando, aún más, iluminado con la bailarina de porcelana, con cara impoluta, delicada y risueña, y vestido rojo que no para de mover en el sentido contrario de las agujas del Sol.

La noche tan muda, de cartulina azul oscuro rayada de realidad. Los pasos tan sordos y mi boca tan ciega. Y mis ojos perdidos, a sabiendas de que ignoro el lugar por el que ando y de que él me ignora a mí, saboreando la colectiva independencia, para que, olvidando la máxima del periodista de mi vida, dejando caer como camino de vuelta los cómos y los porqués, encuentre una calle asfaltada de tránsito modesto que se me antoja interminable, y tan abrumadora estampa se me antoja la terrible tranquilidad de los rostros y los bigotes repeinados, la siniestra mirada normal de las pamelas, las inquietantes sonrisas como si nada pasara, que me aterra el hecho de seguir observando y haber olvidado cómo perder mis ojos.

A mi derecha brota de la húmeda oscuridad un edificio decimonónico, al que me dirijo buscando un ápice de rareza. Dos arlequines, cuyos cascabeles malhablados no paran de insultar al silencio, abren con gesto exagerado la puerta y con sus manos me invitan a entrar. Haciéndoles caso doy unos pocos pasos hacia lo que parece una cortina roja, que se desliza una para cada lado, advirtiendo que se trataba del telón. Bajo las escaleras de la izquierda para sentarme entre el público y ver el espectáculo.

Ya empieza. Esos focos de tan manipuladora luz te deslumbran y casi no ves el resto. Pero sabes que, allí, en todas las butacas, se sienta alguien tan ciego como tú, alguien que no puede hablar, alguien que da pasos sordos y que anda con los ojos perdidos, lo que evapora tus nervios hirviendo en la chimenea. Tus pies pisan las carnívoras tablas de madera mientras que un ovillo de música corre por el escenario, envolviéndote, convirtiéndote en un muñeco de lana, hasta que te descoses y, de nuevo, quedas tú, sólo, ignorando quién te ve e ignorando que les estás mirando, disfrutando de tu colectiva independencia.

Una vez acaba, hago claqué con las miradas hasta llegar a una moqueta del terciopelo de las caricias, y se pinta al óleo una plaza de Satie. Allí en medio, un carrusel viejo y arrugado y antiguo, gira en el sentido contrario de las agujas del Sol, como hacía la bailarina de porcelana del vestido amarillo, y en las mitológicas figuras que giran en él se sientan las flores.
Cuando quiero reaccionar, me encuentro sentado en una silla blanca buscando las respuestas en las preguntas y las preguntas en las respuestas de ‹mi más leche que café›. Mis ojos perdidos acaban en la negrura de la noche y pienso que grande debe ser el vaso derramado para cubrir la cúpula color pastel. Frente a mí, un hombre cuyo gesto redomado me resulta tan esperpéntico y grotesco como las óperas de Rousseau, lanza al hablar un ‹por qué› dibujado que envejece hasta desaparecer.

Y transportando las hormigas por los carriles cerebrales variopintas respuestas, deseando pintarle yo en el aire ‹porque sí› o ‹porque no›, le respondo: Porque quizá.

 Observo entonces la rápida metamorfosis, en la que sus ojos se pierden y su boca se queda ciega, y balbucea ‹porque quizá›, y leyendo su verborrea imaginada, acudo a la bailarina, de la que cada vez más me enamoro, cuya piel delicada e impoluta y risueña me besa la yema de los dedos cada vez que la pienso, con su vestido azul, en su eterna danza correcta.
Enciendo entonces un cilindrín nicotínico, de los colores primarios de Göethe como es soñar, y se despide encendido montando una bicicleta con una gran rueda delantera.

Se pierden las despedidas en globos de helio y me agarro a uno de ellos buscando el asteroide B 612 mientras los gestos terribles de normalidad todavía se dibujan en el gran lienzo de Valle Inclán, obviando que en esta noche de croché, Klimt ha cantado que podemos besar a los sueños con los labios del ‹porque quizá›.

El alumbrado de las estrellas, defectuoso, deja escapar chispazos en la noche de San Lorenzo que me recuerdan a lo fugaz de este romance, y mientras el globo de helio me eleva por las columnas del Olimpo, caen las gotas de luces de la ciudad, y a mis ojos les entran esas nubes negras de nostalgia. Agarro las estrellas y escondo alguna en el bolsillo, para regalárselas a mi bailarina. Son tan pequeñas como se ven, y, para mi sorpresa, no queman.
Este peso inusual me desvía al asteroide B 2612. Escribo con la tinta de los versos de John Donne en el papel manchado de mi diario que nunca se había dibujado ninguna palabra sobre él, pero que es, sin duda, el único asteroide de labios de fresa. Mis zapatos se deshicieron de mí, robándome los calcetines y recorrieron el astro entero mientras yo observaba todo desde allí, cuando la arena, delicada, impoluta y risueña, penetró por mis pies y subió hasta mi cabeza. Entonces lo descubrí todo: Ya no ignoraba el lugar en el que estaba ni él me ignoraba a mí.

Así que decidí escaparme de la tierra del porque quizá y olvidar a la bailarina; ya puede girar el tiempo en el sentido de las agujas del reloj mientras escapo de realidades de ciencia ficción.

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