"Anatomía poética" Un suave abrazo cordobés sin contracturas




“ANATOMIA POÉTICA” de Joaquín Pérez Azaústre

Recibo éste poemario un 19 de marzo, una sorpresa en mi buzón, un poemario que leo con la alegría de encontrar siempre en Joaquín el abrazo eléctrico y sin contracturas, el encuentro que me proporciona siempre instantes de ternura y luces de aliento que me infunden vida.
Poemas como “Que me entierren en París” donde canta el poeta sin pudor su amor por una ciudad llena de luz: París.

que no me llore nadie/y que rieguen mi nombre con champán/que  nunca acabe esta fiesta/que me entierren en París

O ese hermosos tapiz de pasión que despliega ante nuestro ojos que respiran sus letras con “Latidosde un amigo “que me susurra entre líneas/que está volviendo a vivir/en lo que escribo”.

En esa carta de Rainer Maria Rilke al joven Luis Cernuda,  joven elogio sobre el placer de buscar en lo infinito una sombra de un árbol en la brisa. Son poemas que nos inquietan a veces en su aviso de que siempre volveremos sin remedio a los dominios del silencio y del dolor.

Así nos llega un sobrio poema de ausencia que es “La Gran Guerra” o la entrega absoluta de “Una evocación” o finalmente con el armonioso “la madre” que la sitúa en todo el espacio que nos rodea, siempre estando sin estar cerca.

Los homenajes al séptimo arte encuentran en Pérez Azaústre  un exponente brillante de la pasión por la pantalla y la magia que envuelven a personajes como Marlon Brando hace que se precipiten las olas del mar sobre el blanco papel.

Sus estancias en Costa Rica se nos presentan con poemas donde el vestido naranja está destinado a viajar en las grutas de la intimidad o en esa lluvia costarricense, una lluvia de pasión que borra tantas lluvias anteriores.

El climax nos llega con esa intensa ambición erótica satisfecha  en “Voyeur,  la contemplación de una mujer tendida de espaldas donde las copas de carne se someten al rigor de cráteres inversos. La espalda en Joaquín Pérez Azaustre constituye un punto neurálgico de su literatura y por consiguiente de su vida. Ello es debido al hecho de haber padecido desde niño fuertes contracturas en ella.

La reivindicación del Sur en “América”, esa vieja que nos dibuja en “Postales” o esa fastuosa “Elegía” en honor de Francis Scott Fitzgerald, nos muestra un poeta sensible y cercano.

Con “Las Ollerías” el poeta encuentra un punto de encuentro con su pasado y su futuro, en esa avenida cordobesa el poeta vivió y sobre todo convivió en sus años de juventud y adolescencia cuando aún la incertidumbre  del futuro y sus pactos con la vida marcaban el camino a seguir.

Así en el “Buen pastor” o “Foto del 81” se vive el aire de instantes que se evaporan en intercambios de eternidad.

Uno a uno los poemas de Pérez Azaústre se desgranan en el poemario como las uvas que vamos arrancando y disfrutando una a una, son dulces, son uvas moscatel, en ellas se impregnan como en “Una figuración del paraiso” “Residencia de Estudiantes” o “laberinto” esa torpe sensación de ausencia con puertas abiertas al mar o bailes tatuados en las pieles tostadas de “Casa azul” o el calor suave con el que ascendemos en “La escalera de piedra”.
Finalmente en “Los nadadores” encontramos al poeta húmedo donde con una fuerza intensa se zambulle en el agua de la vida con el poder del padre que le transmite en forma de pulmón macizo.

La vieja contractura como verdad antigua y la escritura como misión ineludible, muestran siempre a un escritor comprometido con la vida. Uno de lo grandes

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