El rostro de las letras-Apuntes de una sesión fotográfica (y 2) SIGLO XX


EL ROSTRO DE LAS LETRAS (2)

Siglo XX

Sobre Juan Ramón Jiménez, Josep María de Segarra nos ofrece la siguiente descripción:

“Era alto y esbelto y vestía con severidad recelosa una americana negra, cuello duro, muy bajo, muy británico y una corbata de color de plomo. No he conocido a nadie que se me ofreciese en todo y por todo, ni nadie que me prometiese un favor y lo cumpliese al pie de la letra, como él

Y de mi cosecha, añado contemplando la fotografía de la exposición que se me abre en la segunda planta del Centro Cultural María Victoria Atencia de calle Ollerías:


La imagen de Juan ramón está llena de hondura y de misterio, la oscuridad que le rodea parece rasgada como por un cuchillo por la luz de su mirada profunda y enigmática, una mirada que viene de lo antiguo, del sabor ancestral y mítico del pasado, un aureola de místico le rodea.”






Luego me encuentro con la mirada lánguida y la luenga barba de Don Ramón María del Valle Inclán, con esos ojos pensativos y clarividentes que asoman como dos faros tras sus lentes circulares.

La imagen sedente de Don Pío Baroja que asemeja a un cuadro de Zuloaga o la fotografía espléndida de Don Salvador Rueda, recclinado, disperso, ausente, en diálogo permanente con las musas crepusculares de la tarde.



El perfil imperial y grave de Don Miguel de Unamuno del que María Zambrano diría
:
Su presencia es avasalladora. Todo en él no era cuerpo y alma, sino espíritu y presencia. No medía el tiempo. No tenía compás. Podía estar horas y horas sin dejar de hablar. Eso sí, mientras tanto, fascinaba o se hacía insoportable





Contemplo después con asombro la postura acrobática de Don Ramón Gómez de la Serna del que Juan Ramón Jiménez decía:


Es un hombre ancho, plano, saludable, excesivo, con sonrisa de jamono, alegre de conciencia y patillas azules de pastoso rico goyesco. De pie, parece un defensa de team de fútbol afeminado, o el hijo inteligente de algún carpintero enriquecido. Sentado es otra cosa.”



O las poses de Baroja y Valle Inclán, ya en sus últimos años, rodeados de libros.

O las aglomeraciones en el entierro de Blasco Ibáñez o en la salida de Unamuno en el famoso discurso de Salamanca donde discutió con el coronel Millán Astray.





También contemplo la interesantísima foto de Don Santiago Ramón y Cajal posando para el escultor Agustín Querol.



Me atrae mucho la foto de un Valle mostrando de forma atrevida el brazo ausente, su brazo izquierdo desaparecido, que deja la manga vacía haciendo un paralelismo perfecto con su luenga barba, es un postura sedente de un perfil egipcio aristocrático y noble, de suma elegancia gallega, la mano extendida se posa sobre la superficie del libro abierto como si leyera en Braille, como si el sutil tacto le permitiera entrar en los mensajes secretos del libro abierto, todo en Valle es luz y transparencia.

Decía Machado sobre Valle Inclán:

Era el primer gallego de su siglo y el mejor escritor de Europa. Era un santo de las letras, el hombre que sacrifica su humanidad y la convierte en buena literatura, la más excelente que pudo imaginar.”




Las fotos de Don Antonio Machado son realmente conmovedoras, nos muestra tanto su soledad como el entorno familiar.

Francisco García Pavón nos dice del poeta:

En este impresionante retrato de Alfonso, está el poeta más grande del siglo XX. Ahí está, como un poema de sí mismo, tierno, humilde, cordial, silencioso, ausente de casi todo, con la rigurosa seguridad de lo que es la vida, de lo que es su obra, de lo que será su muerte y su mortaja.”





Una fotografía me llama la atención, ¿es Balzac? No es Ortega imitando una famosa fotografía de Balzac. D. José Ortega y Gasset, la mente más preclara de la filosofía española del siglo XX, un joven apuesto, con una camisa blanca, radiante y luminosa, un abrillante camisa que bien podía ser la camisa blanca de mi esperanza que después cantara Ana Belén.

El gran periodista Josep Pla diría de Ortega:

“Es un hombre bajito, riguroso, uno de esos hombres que parece que tienen que llevar unos tacones una pizca más altos que los corrientes. La frente es amplia y vasta, prominente, ojos matizados, de una movilidad sorprendente.”



Me despido contemplando los paseos otoñales de Baroja y Azorín en la melancolía de la tarde madrileña.









Una exposición imprescindible.

No lo olviden en C/Ollerías de Málaga hasta el 20 de noviembre.

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