El final del poema de Antonio Rivero Taravillo




EL FINAL DEL POEMA

Hay que prestar especial atención –cuidado– al final del poema.

Tras el vuelo, el viaje a las alturas, el momento de posarse es delicado. Hay que desplegar los alerones, descender con cautela y aplomo a lo inferior de la página: el renglón, el verso último que es la pista de aterrizaje.

El final del poema ha de ser suave, y casi imperceptible. O brusco de travesura y cerval, un efecto para inyectar una dosis de emoción calculada en el pasaje, porque no hay nada como salir indemne de un riesgo, cierto o figurado.

Y como en los vuelos de antaño, cuando la técnica era aún maravilla y milagro, ha de suscitar –aunque sea el silencioso del lector a solas– un aplauso –aun callado– por un pilotaje diestro y seguro.

Luego, en tierra, ya está uno entre los suyos o en lugar extraño (si es que no se hace escala de inmediato hacia el siguiente vuelo o hacia una cadena de ellos: nuevas páginas, aeródromos sumados, hasta el colofón del libro).


Antonio Rivero Taravillo

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