Juegos de la edad tardía de Luis Landero



“Juegos de la edad tardía”de Luis Landero

En una de mis visitas a la Biblioteca Pública Municipal de mi barrio, la curiosidad me venció y me dirigí a ver mi poemario, sentía la necesidad de saber si alguien lo había retirado para leerlo. Apesadumbrado contemplé que no tenía sellos de retirada, después de un año o más, nadie había sentido atracción por su contenido. Comentándolo con mi agradable y amable bibliotecario Billy Wilson, me sonreía mientras afirmaba lo que en otras ocasiones ya me había comentado:

-       Aquí nadie lee poesía
-       Ya, pero siempre tiene uno la esperanza-dije
-       ¿Conoces la novela de Landero “Juegos de la edad tardía”?
-       No, no he leído nada de él.
-       Pues es buena, el protagonista es como tú, un poeta que va de biblioteca en biblioteca a ver si alguien lee su libro.
-       Interesante-afirmé
-       Bueno, salvando las distancias, no es que sea  igual ¡eh!

Así es como llegué a la novela de Landero escrita en 1989 y que siendo la  primera novela de este escritor extremeño, nacido en 1948 en Albuquerque, supuso un gran impacto literario que le valió los Premios de la Crítica y el Nacional de Literatura, ¡nada menos!

Profesor de guitarra flamenca, filólogo y profesor de la Escuela de Arte Dramático de Madrid, Luis Landero reúne las destrezas y habilidades de un escritor ordenado y rico, de un buen orfebre, de un fabulador que ha heredado las sabidurías ancestrales de la gente de campo, de esas transmisiones orales que se van perdiendo con la irrupción de la tecnología y que ha mezclado con las listezas aprehendidas por la necesidad de supervivencia en el medio urbano.

La mañana del 4 de Octubre, Gregorío Olías se levantó más temprano de lo habitual. Había pasado una noche confusa, y hacia el amanecer creyó soñar que un mensajero con antorcha se asomaba a la puerta para anunciarle que el día de la desgracia había llegado al fin: “Levántate, pingüino, que ya se acercan los tambores!”, le dijo. Miró el cuarto en penumbra y de inmediato, derrotado por la ilusión de estar soñando la vigilia, volvió a cerrar los ojos. “Bah, todavía es tarde para huir”, contestó desde la duermevela, y aunque por un  momento se consideró a salvo, enseguida adivinó que progresando en el absurdo acabaría encontrando en él las leyes lógicas que lo emparentaban con la realidad.”

Ya este comienzo me trae recuerdos de aquel Gregorio Samsa que despierta transformado en insecto. Los trazos vigorosos de Landero, presos a mis pupilas con la sinceridad que solo da la verdad literaria, atraen desde el primer instante por la habilidad de escribir en tercera persona la intimidad que solo es concebible en primera y que sin embargo el escritor extremeño concede con atrevimiento y valentía a un narrador exterior.

La novela narra la historia de Gregorio Olías, viaja por la transformación de un oficinista gris a un poeta que se involucrará en los entresijos del secretismo político, en los avatares intelectuales de los grupos de artistas que durante una época oscura en la que nos sitúa la trama, que no es otra que los años del franquismo. A raíz de las conversaciones teléfonicas estrictamente comerciales con un cliente llamado Gil y el ánimo que le da éste para que explote sus cualidades de poeta y artista, emerge con la fuerza de un ciclón Augusto Faroni, un nombre que Gregorio Olías adopta y que va tomando personalidad propia cada vez más intensa llegando a poner en serios aprietos a Gregorio Olías y Dacio Gil.

Las figuras secundarias que van apareciendo en la historia son de relieve importante: El amigo de la niñez Elicio que es el que le apodó Faroni cuando eran niños, su tío Félix que le antecedió en las veleidades poéticas, el amor de juventud Alicia o su mujer Angelina, van conformando una historia donde la frustración se va dibujando como en una novela cervantina entre el sueño y la realidad.

Novela realmente excepcional que nos acerca a un escritor que no conocía y que se encuentra entre los grandes de la literatura española de los noventa que con Delibes y algún otro, respetan las herencias del saber del campo y lo elevan a la categoría de sabiduría.


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