El poema

EL POEMA


Me pidió un poema, un poema para ilustrarlo, rápidamente me vino a la cabeza “Un verso”, ese poema al que le faltaba una i que coloqué en su día con su puntito bien claro, ¡como nadie veía con claridad la similitud tan evidente! , un verso y universo. Un verso llenando todo el universo. Ese poema que, a pesar de la crítica de otro amigo poeta más afamado y más premiado que yo, el cual consideraba se diluía en su centro a pesar de su brillantez, cuanto más tiempo pasaba, más redondo me parecía, más me gustaba. Hasta le puse un nombre para dotarlo de un futuro prometedor. “El poema huevo”. Le llamaba así porque en el cuerpo central de la composición poética, la ciencia golpeaba con sus paradigmas: un ahora si donde antes no, un ahora no donde antes si; la perfección del poema, su redondez inicial y final se veía alterada por la fuerza humana de la curiosidad, no era pues de una redondez perfecta, era un poema con forma ovalada  ¡claro, pensé, que listo soy!¡es perfecto! es como la Tierra, es de forma elíptica,  como giran los planetas alrededor del Sol, ¡Kepler que razón tienes!

Recibí la ilustración del poema con satisfacción, me pareció una verdadera maravilla, ese muro donde se desparramaba la naturaleza, la vegetación,¡ la armonía fractal  que tanta fuerza creativa induce a los artistas atrevidos, ¡y al final la eclosión!¡la materia oscura saliendo a borbotones! ¡La creación!

Más vale una imagen que mil palabras:




 El poema y la ilustración, se expondrían en el Ateneo durante un mes junto con otros nueve cuadros- poema y en la inauguración cada uno de los poetas lo leeríamos ante la gente.

Durante días pensé en el momento de la lectura, ¡sería fantástico!.

Un día noté como se me endurecían los glúteos  en la zona perianal y ¡por Dios!-me dije- ¡no es posible!. Si, inevitablemente volvió a aparecer mi temible y recidivo abceso. Durante días no pude moverme y lloraba de dolor, ¡Dios me había castigado por mi osadía!¡por pretender ponerme a su misma altura!¡me había devuelto e instalado el huevo en el culo!.un pequeño huevo de codorniz contrastando con el enorme huevo cósmico, el huevo de una enorme avestruz.

En mis sueños, veía  la enorme escalinata del Ateneo, soñaba subiendo como un reptil ante los ojos asombrados de la gente que me señalaban con caras de repugnancia. Eché de menos un ansiado ascensor del que carece lamentablemente el viejo Ateneo.

El día de la lectura y sentado en el bidé de casa, sometí a agua templada mi huevo de codorniz  y cuando daba ya por hecho de no asistir a la inauguración de mi cuadro-poema, se produjo el milagro: ¡el huevo eclosionó!, produciéndome la libertad. Esa tarde me dirigí al Ateneo y subí las escaleras a zancadas. Ya en la sala ante una multitud que se arremolinaba ante los poetas,  leí mi poema huevo.  Justo cuando terminaba la lectura, ¡salía la materia oscura! La tentación de volverme y enseñar el maravilloso resultado de la eclosión de mi huevo de codorniz era enorme.

No lo hice, sabía que hacerlo me hubiera supuesto entrar en los “anales” de la historia del Ateneo, nunca mejor dicho, pero indudablemente la historia quedó para contarla, como la cuento y como ocurrió.

Si hubiera hecho como Chin Chan la historia hubiese sido conocida antes y de otra manera, con el boca a boca, no de forma tan tardía y por escrito, aquí se escribe lo que ocurrió y lo que no ocurrió. De llegar a ocurrir lo que no ocurrió, sería famoso y hablarían de mi todavía, me hubieran hecho comer el carnet de ateneísta y me hubieran prohibido el acceso a tan magna  institución, depositaria de la cultura;  sin embargo, las cosas ocurrieron como se las conté. No soy pues famoso, aunque sigo entrando al Ateneo saludando con cierta displicencia  a sus autoridades.


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