"La infancia de Jesús" de J.M.Coetzee



“La infancia de Jesús” de J.M. Coetzee

Reconocer mi primer enfrentamiento con Coetzee es mostrar mi auténtico lado humilde de lector. Tantas veces recomendado por mi amiga Ana de Molina, ¿no has leído a Coetzee? Se volvió con el tiempo en una frase resonante y anclada en el pasado de una amistad que siempre recordaré.

Por fin Coetzee entre mis manos, “La infancia de Jesús” es un libro que a veces nos parece simple y sin una clara intención. Verá, es la historia de un niño de cinco años y su padre adoptivo, David y Simón, que se conocen en un barco desde el pasado desconocido y olvidado, un barco que se dirige a un lugar llamado Novilla, un sitio donde se habla español y donde nadie quiere conocer el pasado de nadie, donde todo parece estructurado, demasiado estructurado e impersonal. Todo parece teñido de ausencias, sin sentimientos y emociones;  orden que  el niño cuestionará con su imaginación y sus deseos continuos de imponer su propio orden.


Con un tratamiento inteligente de Coetzee, en el que no faltará el encuentro de Simón con Álvaro, que le ayudará a adaptarse a su trabajo de estibador en el muelle o la aparición de Inés, que se convertirá en la madre de David, así como de Bolívar el perro que los acompañará en la nueva vida;  el escritor sudafricano, nacido en 1940 y Premio Nobel de Literatura, residente en Adelaida (Australia) y nacionalizado australiano, nos hará jugar con El Quijote y los números, donde el niño hallará las referencias para imponer su propio orden contrario al establecido en Novilla.

Veamos el siguiente fragmento donde el niño David y el padre adoptivo Simón, hablan sobre los número y las estrellas, una discusión que deriva finalmente al planteamiento de la realidad y la ficción, es un diálogo brillante, lleno de destellos y filosofía, magistral:

“           - Creo que la estrellas son números. Creo que esa es la número 11-señala al cielo con el dedo-, y que esa de ahí es la número 50 y esa otra es la número 33333.
            -Ah, ¿te refieres a que si podemos asignar un número a cada estrella? Sin duda, sería un modo de identificarlas, aunque muy aburrido y muy poco inspirado. Creo que es mejor que tengan nombres propios, como la Osa Mayor, el Lucero del Alba y los Gemelos.
            -No, tonto, lo que digo es que cada estrella es un número.
Él mueve la cabeza.
            -Cada estrella no es un número. Las estrellas se parecen a los números en algunas cosas, pero en general son distintas. Por ejemplo, las estrellas están desperdigadas caóticamente por el cielo, mientras que los números  son como una flota de barcos que navega ordenadamente, cada cual en su sitio.
            -Pueden morir. Los números pueden morir. ¿Qué pasa con ellos cuando mueren?
            -Los números no pueden morir. Y las estrellas tampoco. Las estrellas son inmortales.
            -Los números si pueden morir. Se pueden caer del cielo.
            -No es cierto. Las estrellas no pueden caer del cielo. Las que dan la impresión de caer, las estrellas fugaces, no son estrellas de verdad. En cuanto a los números, si cayese alguno, se produciría una grieta, una quiebra, y los números no funcionan así. Entre los números nunca hay grietas. Ni siquiera falta un número.
            -¡Sí! ¡No lo entiendes! ¡No recuerdas nada! Un número puede caerse del cielo igual que don Quijote cuando se cayó por la grieta.
            -Don Quijote no se cayó por ninguna grieta. Bajó a una cueva utilizando una escala de cuerda. Además, don Quijote no viene a cuento, no es real.
            -¡Sí! ¡Es un héroe!
            -Lo siento. No quería decir lo que he dicho. Por supuesto que es un héroe y por supuesto que es real. A lo que me refería es a lo que le pasó a él ya no le ocurre a nadie. La gente vive la vida de principio a fin  sin caerse por ninguna grieta.
            -¡Claro que se caen! Caen por grietas y no vuelves a verlos porque no pueden salir. Tú mismo lo dijiste.
            -Estás confundiendo  las grietas con los agujeros. Piensas en la gente que se muere y a la que entierran en tumbas, en agujeros en el suelo. Las tumbas las hacen los sepultureros con palas. No es algo antinatural como una grieta.”

Asistiremos al proceso de incorporación de David a la escuela al cumplir los seis años, proyecto fallido que servirá para evaluar con ingenio y agudeza el sistema educativo, que con su falta de habilidad y flexibilidad, dará lugar a la rebeldía frente a él y a situaciones que generarán para el lector, el comienzo de aventuras y de cuestionamientos filosóficos.

Es ahí donde le concedo el extraordinario valor a “La Infancia de Jesús”, a la manera sutil y aparentemente inofensiva de introducirnos en los planteamientos abiertos a la discusión sobre el sistema educativo y la integración del individuo en la familia y la sociedad.

 Coetzee nos hace cuestionar la lógica social como la única valedera  de único factor socializador del individuo, nos abre la mente a pensar sobre el individuo como agente creativo de su propia realidad frente a la realidad obligada por un sistema carente de afectividades y recuerdos.

Una novela aparentemente sencilla pero de una enorme proyección para el lector, un lector en el que  se deposita de una manera sutil, el germen de la reflexión sobre la vida.


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