"La mirada que respira" de Víctor M. Pérez Benítez-reseña de José Luis Ortiz





“LA MIRADA QUE RESPIRA” UNA CRÍTICA DE José Luis Ortiz
(leída en el Ateneo de Málaga el día de su presentación, 17 de Enero de 2018)

El genial B.B. King, mucho antes de convertirse en una leyenda de la música, recordaba sus años de campesino en Misisipi, trabajando horas y horas detrás de un arado tirado por una mula, con las siguientes palabras:
“Como mozo de arado, yo caminaba a 8 kms. por hora, trabajando 12 horas al día, que son casi 100 kms. al día, seis días a la semana. Tras haber hecho eso durante 16 años, prácticamente he dado la vuelta al mundo a pie siguiendo a una mula”.
No me resisto a continuar con una metáfora. Víctor Pérez Benítez, igual que B.B. King, sigue caminando horas y horas, día tras día, detrás de ese arado o esa mula incansable que es la escritura, pero a diferencia de la monotonía con que nuestro músico realizaba aquella durísima tarea, Víctor encara la suya con pasión desbordante.

“La mirada que respira: Memorias de un niño de los sesenta en un pueblo de la costa granadina”, el libro que hoy nos reúne, es fruto de años de trabajo, de trabajo artesanal, minucioso, esmerado. Un libro en forma de crónica de unas vivencias personales, las del autor, que fluctúa del pasado al presente y viceversa, pero que, realmente, es mucho más, ya que, aparte del aspecto narrativo del relato, Víctor incorpora aforismos, apreciaciones ajenas, reflexiones morales o éticas, discurso metaliterario, poemas, homenajes, etc. etc. La riqueza y variedad de contenidos, el dinamismo y precisión de su prosa, la agudeza y sentido del humor de los que el narrador hace gala, son aspectos que agradecerá continuamente el lector. Y también agradecerá su esfuerzo por aprehender la esencia de lo que fuimos o somos que, como comprobarán, no difiere mucho de lo que Víctor saca a la luz: son vivencias en las que podemos reconocernos.

Sin embargo, nos equivocaríamos si consideráramos que esta forma narrativa a la que denominamos “memorias”, “crónica o relato autobiográfico” pertenece a una esfera ajena, a una dimensión diferente a lo que comúnmente conocemos -o mejor dicho, etiquetamos- como “relato de ficción”. En realidad, a efectos prácticos, no existe diferencia sustancial entre lo que solemos llamar “ficción” y “no ficción”. Ambas formas se asientan sobre los mismos pilares: participan del artificio literario, el vehículo de ambas es el estilo, suponen elección de materiales, creación de ambientes y personajes, elección de punto de vista narrativo, etc. etc. Los límites entre ficción y no ficción se diluyen tanto, llegan a ser tan difusos que, finalmente, acaban no existiendo. El mismo recurso a la memoria, al recuerdo individual o, incluso colectivo, sabemos que es parcial, engañoso, inestable y relativo, como también lo es el punto de vista del narrador en cualquier obra de ficción. En una digresión metaliteraria, Víctor Pérez Benítez pone de relieve esta idea en el capítulo 8 del libro cuando señala la importancia de la verosimilitud del relato como presupuesto para lograr la autenticidad, y no porque el narrador sea mentiroso en absoluto, sino, porque, ante todo, debe ser creíble. Exactamente igual que en la construcción de la ficción. En este sentido, va incluso más allá el periodista y novelista alemán Norman Ohler, cuando escribe en su libro “El gran delirio” (Crítica, 2016): “Hay que tener en cuenta que la historiografía nunca es solamente ciencia, sino que siempre es, además, ficción. Estrictamente hablando, en esta disciplina no hay “libros de no ficción”, ya que la propia clasificación de los hechos es un proceso creativo en sí mismo... Concienciarse de que la historiografía es, en el mejor de los casos, literatura, reduce el peligro de engaño durante la lectura”.



José Luis Ortiz Rodríguez




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