Leopoldo de Luis "Poeta del alba y del ocaso" por Carlos Benítez Villodres






LEOPOLDO DE LUIS, POETA DEL ALBA Y DEL OCASO

Carlos Benítez Villodres
Málaga (España)


Leopoldo de Luis y Francisco Umbral se conocieron en Madrid, en el café Gijón, en la década de los 50. El poeta fue el padre del escritor y periodista. “Leopoldo de Luis. Sobre él escribió Umbral: “Era de ojos pequeños y maliciosos, nariz grande, boca inexistente, rostro un poco rojizo, fácilmente alegrado y subido de color de la risa, y venía de sus oficinas de seguros lleno de versos, de cultura, de conversación, de chistes malos y poemas buenos. Escribía una poesía en la música de Miguel Hernández, hecha de humanidad y socialismo, con gran sentido del verso, gran ductilidad lírica y una melodía grata y honda, monótona y cierta, que daba gran calidad a todo lo suyo”.

Leopoldo y Umbral mantuvieron su amistad durante décadas, y esa relación se extendió al hijo de Leopoldo, Jorge Urrutia, poeta, traductor y catedrático de Literatura, directivo del Instituto Cervantes entre 2004 y 2009. Leopoldo de Luis fue el seudónimo que utilizó Leopoldo Urrutia para burlar a la dictadura.

Se sabe poco sobre el parentesco de Alejandro Urrutia, Francisco Umbral y Jorge Urrutia. Estas tres personas fueron un solo hombre, y este hombre fue el padre de Leopoldo de Luis y Francisco Umbral. La madre del periodista, escritor, ensayista fue la secretaria de Alejandro Urrutia. Se llamó Ana María Pérez Martínez. Por ello, Francisco Umbral llevó los apellidos de su madre, por lo que el nombre y primer apellido de Francisco Umbral fue un seudónimo escogido, por él, del de su padre. Para el egregio periodista su poeta preferido fue Jorge Urrutia, su padre, y Francisco sabía perfectamente que Jorge era su padre. Por otro lado, hubo otra persona llamada Jorge Urrutia. Esta fue hijo de Leopoldo Urrutia (de Luis), y sobrino de Umbral. Jorge animó a su padre para que dialogara con su tío, pero Leopoldo se negó a las pretensiones de su vástago, ya que hubo cierta tirantez entre ambos literatos.




Alejandro Urrutia, un hombre de inteligencia y talento, murió en los años cincuenta, Conoció el éxito de su hijo Leopoldo de Luis, pero no el de su otro hijo Francisco Umbral.

Leopoldo de Luis tuvo una vida desgraciada. Una vez en Madrid ya era un poeta de prestigio. Fue oficial del ejército republicano y, por consiguiente, estuvo perseguido por el franquismo. Por este tiempo, y para despistar a los hombres de la dictadura, fue tornero fresador.

Nuestro admirado poeta y crítico literario nació en Córdoba (1918) y falleció en Madrid, en 2005, a los 87 años. Al tanatorio fue Jorge Urrutia. María España Suárez- Garrido fue la esposa de Francisco Umbral. Actualmente, preside la Fundación “Francisco Umbral”. Al ver María España a Jorge Urrutia lo abrazó. También estuvo Francisco Umbral con el abrigo, la melena y el fular, tan parecido a la chalina, como el padre de ambos cuando se paseaba por Campo Grande, en Valladolid. Umbral pidió a Jorge Urrutia quedarse a solas con el muerto. No le explicó por qué y Jorge no preguntó. El hijo vació la sala y dio varios pasos atrás, contemplando la escena.

Dos años después de la muerte de Leopoldo de Luis, Premio Nacional de Poesía (1979) por su obra “Igual que guantes grises” (1979) y Premio Nacional de la Letras (2003), falleció Francisco Umbral, Premio Cervantes.

¿Por qué prefirió Leopoldo utilizar el apellido de su madre y no el de su padre? Porque él sabía que llevando el apellido de su progenitor podría haber represalias de los vencedores, pues el apellido Urrutia no fue del agrado de los franquistas. Por ello, quiso llevar el apellido de su madre, y el de su padre nunca aparece.

Tras la sublevación de Franco, y nuestro poeta oficial del ejército republicano, engrandeció su amistad con Miguel Hernández, a quien conoció un año antes del alzamiento, así como con Germán Bleiberg, Rafael Múgica (Gabriel Celaya), León Felipe, entre otros. 

En plena guerra civil, escribió en “Nuestra Bandera”, de Alicante y en La hoja del Lunes, de Madrid. Ese mismo año, 1937, publicó una breve Antología con poemas de Miguel Hernández, de Gabriel Baldrich y suyos. Al año siguiente, vio la luz la obra “Romance”. Posteriormente, publicó “Alba del hijo”, editado en Madrid (1946), obra que es considerada como el primer libro de Leopoldo.

Finalizada la contienda civil, estuvo tres años encarcelado (plaza de toros de Ciudad Real, penal de Ocaña y en el Campo de Gibraltar, realizando trabajos forzados). Lo liberaron en 1942. Posteriormente, trabajó en una empresa aseguradora. Vicente Aleixandre y él reforzaron su amistad a partir de la década de los 50.

En la posguerra, publicó poemas en revistas más y menos conocidas como “Garcilaso y Espadaña”, “Cántico”, “Papeles de son Armadans”, “Revista de Occidente”, etc. Al mismo tiempo, trabajó como crítico, publicando sus textos, además de en las ya citadas revistas, en “Ínsula” y en “Poesía Española”, ambas de Madrid. Estas críticas literarias las escribió Leopoldo de Luis sobre poemarios de Miguel Hernández y otros poetas de las Generaciones del 98, del 27, del 36 y de algunos poetas de su tiempo.

Asimismo, escribió las biografías de Antonio Machado y Vicente Aleixandre y una Antología con los poetas que escribieron poesía de tipo social. Leyó, en profundidad, a poetas y escritores de todos los tiempos en especial a Jean Paul Sartre y a Albert Camus.

Leopoldo publicó 35 poemarios, destacando, entre todos ellos, “Teatro real” (1957), y el ya mencionado, “Igual que guantes grises”. La trayectoria poética de Leopoldo comenzó influenciada por el neorromanticismo, evolucionando hacia el existencialismo para, posteriormente, continuar y finalizar con obras de contenido filosófico hasta su último poemario “Cuaderno de San Bernardo” (2003) que, según dijo el poeta, le puso ese nombre porque es el mismo de la calle madrileña, donde estaba ubicado el hospital en el que ingresó y falleció su mujer. Después de la muerte del poeta: “Respirar por la herida”, Valladolid, Fundación Jorge Guillén, 2012.

Asimismo, dio a conocer 11 libros de Crítica Literaria, destacando, entre ellos, “Antonio machado, ejemplo y lección”, “Carmen Conde”, “Aproximaciones a la obra de Miguel Hernández”, “Los pájaros en Aleixandre”, “Una muchacha mueve la cortina”, etc.



Ya en el año 2004 fue nombrado Hijo Predilecto de Andalucía. También se le concedió la Medalla de Oro de Córdoba, ciudad donde nació el poeta, la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes, de Madrid, Premio León Felipe, Premio Internacional de Poesía Miguel Hernández, Premio Francisco de Quevedo del Ayuntamiento de Madrid, Premio Ausias March, Premio Pedro Salinas del Ateneo Español de México, entre otros.


Tras la concesión del Premio Nacional de las Letras, Leopoldo de Luis nos dice: “Todos los premios son estimulantes y sirven para que te conozcan algo más, aunque, si he de ser sincero, yo creo que la poesía no la lee nadie”. En aquella misma conversación con los periodistas, colocó a Antonio Machado en lo más alto del Olimpo: “Machado es especial, superior a todo; está por encima, incluso, de la propia poesía”.

Leopoldo de Luis escribió a la muerte de su padre: “Ya sé que a nadie importa, pero es mío este muerto”. Nuestro poeta amó infinitamente a su padre y su padre a él.   Ambos pensaban y reflexionaban, de forma semejante, sobre la vida y todo lo que esta conlleva; sobre el destino de los seres humanos; sobre cómo afrontar los conflictos personales y con las demás personas de su entorno; sobre el socialismo; sobre las injusticias; sobre los derechos humanos; sobre el humanismo; sobre la fraternidad… Podemos decir que padre e hijo le dieron el mismo sentido positivo a la vida, pues, si la vida no tiene sentido para el hombre, cómo vivir cada día sobre esta selva.

Tras el fallecimiento de su progenitor, el poeta cordobés creó estos dos poemas:

MUERTO MÍO

La guerra, el hambre, el odio... Día a día
¿cuánta carne de muerto no devora
la vida, cuánta lumbre, cuánta aurora
no ciega el ala de la tarde fría?

Y sigue tercamente la porfía:
canta para olvidar la vida, y hora
tras hora va la mano leñadora
talando rama a rama la alegría.

Se oye el golpe en el tronco. Cae la rama.
El mar continuo de la vida brama.
Ya sé que a nadie importa, pero es mío

este muerto. Me duele. Lo levanto
a hombros, con esfuerzo, sobre el llanto,
y mi sangre lo lleva en su hondo río.


LA IMPOSIBLE VUELTA

Si quisieras volver, padre, vería
todo en el aire inmóvil del recuerdo.
Los menudos asuntos cotidianos,
celulillas del breve mundo nuestro,
diario pan de amor y sacrificio,
alimentando al fiel y dulce perro
de la costumbre, que al llegar a casa
nos lamerá las manos.
                                     Cae el tiempo
desde las familiares paredes derramándose
como luz de tristeza en nuestros pechos.
Madre volvió a coserte la camisa
con su hilo de paciencia y de silencio.
Tere te trajo el libro que esperabas.
La semanal tarjeta de Luis trajo el correo.
María ha preparado tu café.
                                             Ya los niños
llegaron del colegio,
vacían sus carteras de pequeñas conquistas,
de nuevos mundos descubiertos,
y aguardan que corrijas sus deberes.
Yo, junto a la ventana, en este estrecho
rincón que tú conoces,
donde entre libros sueño,
voy hablándote, estoy
escribiendo estos versos,
estos prosaicos versos tan sencillos
como si hubieses vuelto
y estuviera contándote las cosas
que en estos días han pasado…
                                                   Pero
no volverás…
Hoy es ocho de abril,
la tarde, alondra herida por el cielo,
como un dolor antiguo va sangrando
lentamente. Se escucha un río lejos…
Pero no hay río, padre, tú lo sabes,
y oigo su canto inédito…
¿Será la muerte como un río?
                                                Estoy
escribiendo estos versos
tan prosaicos… Ya sé que a nadie importa
mi dolor frente a un mundo que millones de muertos
devora cada día, pero yo necesito
contarte todo esto
y estoy llorando, padre, mientras inútilmente
aguardo tu regreso.


Leopoldo de Luis ofreció y continúa ofreciendo su obra, al viejo mundo de la poesía, con la grandeza de su psique, de su poder creativo y de su sensibilidad extrema, ya que le dio aliento y vida y sentido a sus bellos poemas, que permiten dilucidar el caudal de emociones, sentimientos y evocaciones en medio un mundo, el del pasado y el del presente, que intenta frenéticamente, sin resultado, la cuadratura del círculo, la aniquilación de la bondad y el descoloramiento de los incontables signos primaverales.

Los poemas del poeta cordobés preparan sutilmente el interior acotado del laberinto mental del lector para lograr que, desde el contenido del bagaje enriquecedor que cada individuo posee en su mundo interno, la lectura de cada uno de sus poemas atraigan la atención de este hacia los planteamientos, los desarrollos y los resultados conceptuales y contextuales de los mismos, donde la palabra se presenta como innumerables fuentes de enigmas y verdades rítmicas y sorpresivas, y en pura armonía con las potencialidades de diversas series de connotaciones que nos asombran y nos seducen con sus luces y reverberaciones perfectamente creadas por el poeta. 
    
La obra poética de Leopoldo nos proporciona una visión serena de sus buceos por los recuerdos que atesora en los archivos de su memoria, que son, en definitiva, la base de su vida. Estas evocaciones forman parte de la intrahistoria del poeta y que, al rememorarlas, las saca a la superficie del mar de su psique para dejarlas marcadas en las páginas de sus libros con la pujanza de un tono reflexivo, sin opacidades ni recovecos, al contrario, luminoso en grado sumo, fusionado con un cautivante juego lingüístico, producto del caudal idiomático del autor, que deleita al lector más exigente.

La vida de cada persona la componen una parte de miel y otra de hiel. Recurramos a la introspección y seremos conscientes de qué sustancia es la que más abunda en nuestro orbe interno. Obviamente, el desequilibrio, en un sinnúmero de personas, entre ambos componentes es a favor de la hiel. Dichoso aquel que pueda afirmar, sin autoengañarse, que en su existencia el predominio le corresponde a la miel. Nuestro poeta plasmó a la perfección cómo “la hiel de abeja” ensombrece la vida íntima de los seres humanos. Por un instante de miel hay nueves de hiel. Además, los momentos de hiel suelen ser más extensos y largos y profundos en el tiempo que los de miel, aunque releguemos antes, en nuestra memoria, los amargos que los dulces. Tal acción psicológica es de extrema necesidad para que el hombre pueda vivir y dejar vivir a los demás en la alegría, en el cultivo de ilusiones, en la esperanza...

La obra creativa de Leopoldo tuvo sus raíces, su génesis, en los mecanismos de los valores humanos que generan esa vigorosidad y estímulos, esa sensibilidad y emociones vivas extraordinariamente enriquecedoras, desde donde nos proyectó sus prolíficas cosechas mentales. Con un análisis ennoblecido por sentimientos puros, con una riqueza de pensamientos, con un carácter nostálgico, con una dignidad literaria paradigmática..., creó el poeta sus composiciones líricas, testimonios de su relación continua consigo mismo. Leopoldo de Luis fue consciente no solo de lo que quería decir, sino de cómo deseó decirlo. De ahí la cohesión y la armonía que palpitan en cada página de su obra.

Las revelaciones, impregnadas de creatividad y de brillantez estilística, que el poeta cordobés nos hace en cada uno de sus poemas, impactan de tal manera en el lector que lo conmueve y lo sensibiliza desde su necesaria complicidad con Leopoldo. Evidentemente, este efecto que deja su huella en aquel que lo recibe, que lo aprecia, se debe fundamentalmente al puente de comunicación que levanta el autor, como nexo de sus textos de bella factura, con la capacidad de captación de dichas creaciones poéticas por parte de quien los lea.

En nuestro poeta, la originalidad es ese punto luminoso que empapa con su luz, sin limitaciones, sus poemas. Por ello, la desnudez psíquica que brillaron, en el creador literario, está presente, con un poderío sublime, en cada una de sus creaciones líricas.

Nuestro poeta empleó recursos expresivos: los del estrato fónico (aliteración, anáfora, interrogación retórica…), los del estrato morfosintáctico (paralelismo, concatenación, derivación…) y los del estrato léxico-semántico (metonimia, tropos, metáforas…). 

Leopoldo de Luis tuvo un dominio notable del idioma y de la técnica del verso. Además, también poseyó el don de la síntesis; supo mirar y cantar sin apartarse de la tierra y del hombre, de la vida y de la muerte, pero comunicando siempre una visión personal y nueva de la poesía creada y tamizada por su talento y su inspiración.

Poesía viva y emotiva, sincera y noble, con la madurez de las espigas que pueden ir al molino, es la del poeta cordobés, definitivo valor de nuestra poesía; viva lección para tantos poetas de lo que es la verdadera poesía, eterna, inactual, presente.

Por último, el autor tejió sus poemas, desde el conocimiento y la belleza del lenguaje preciso, transparente y rítmico, con sueños y emotividades, que engalanan el orbe del ser humano y, al mismo tiempo, engrandecen el bagaje del lector, mientras este se adentra por los entresijos de una aventura toda intensidad, pasión y misterio. La obra de Leopoldo de Luis es, pues, una colección de perlas que ya pertenece al cosmos de lo inmortal.

Es bien sabido que nuestro poeta fue un excelente sonetista, pues gran parte de sus creaciones poéticas están plagadas de sonetos perfectos, gracias al buen hacer de Leopoldo. Escribió un sinnúmero de estos poemas: “Cumpleaños”, “La muerte”, “La vuelta”, “La asamblea”, “Una mujer en la escalera”, “El mueble viejo”, “La extraña amiga”, “Me espera”, “La mano”, etc.

Seguidamente, transcribiré seis poemas (cuatro sonetos) y otros dos del poeta cordobés:

CUMPLEAÑOS

       Un año es como un torpe dromedario
       y abrimos sobre él otro desierto.
Hemos venido en un camello muerto
sobre el que cabalgamos a diario.

       ¿Será cada año otra cabalgadura?
¿Cumplir años será algo más que un reto
o será ir descubriendo ese secreto
que nos espera tras la puerta oscura?

       Cumplir años es como apostar fuerte
por la lenta derrota de la muerte
y ver que aún sigue abierta nuestra herida.

       Miguel Oscar Menassa: todo empieza
de nuevo cuando juegas otra pieza
en el ajedrez rojo de la vida.


UNA MUJER EN LA ESCALERA

Escalón a escalón, una cansada
mujer asciende como si del centro
de la tierra subiera. De allá adentro
honda sombra retiene la mirada.

Implacable le impone la escalera
su destino de tramos sucesivos.
Muertos ahora parecen los que vivos
deseos fueron de la primavera.

Al mirarla subir tan abatida,
me pareció la imagen de la vida
resignada, y haciéndose la fuerte.

Mas sin embargo esta mujer está subiendo
la escalera infinita, ahora comprendo
que es la imagen segura de la muerte.
      

  LA EXTRAÑA AMIGA

Cuando tú llegues no estaré yo, amiga
extraña, no veré tus ojos tristes.
Nunca podré, contra lo que se diga,
levantar el tapiz con que te vistes.

Sé bien, amiga, que eres sólo invento
de quienes siempre temen a tu nada.
Voy a creerme una vez más el cuento
de que eres una oscura enamorada.

Aun estando tan cerca no nos vemos
y nunca besaré tu boca muda
porque tu tiempo no es el que yo vivo.

Te llamo amiga y no nos conocemos.
Te pienso igual que a una mujer desnuda
y te ofrezco la mano con que escribo.


LA MANO

Toca mi mano. Apenas es un guante
para el amor y la desesperanza,
apenas en las cosas se afianza,
apenas palpa todo un breve instante.

Toca en mi mano esta sombría tela
para el ansia de asir tanta derrota,
apenas es una tenaza rota,
apenas una rosa que se hiela.

Toca mi mano enjuta de aire triste.
Por las llaves del tiempo aún se desliza
con ademán ansioso de herramienta.

Apenas es ya fragua que resiste
y debajo del guante de ceniza
oculta el hueso su amarilla afrenta.

Obviamente, Leopoldo de Luis escribió muchos más poemas con distintas estructuras y versificaciones. Uno de tantos lo tituló “El paisaje eres tú”:


EL PAISAJE ERES TÚ


No hay paisaje sin ti. Qué roca oscura,
qué mar de plomo, qué amarillo cielo.
Es sólo tu mirada la que infunde
belleza y claridad. Máquina extraña
que elabora el prodigio del paisaje.

Sólo es rosa la rosa si la miras
y este trozo de tierra abrupta y este
trozo de mar sombrío se revelan
en tus laboratorios cerebrales.
Ah, si fuese verdad tanta belleza.
Pero la verdad nace en los sentidos.
La verdad es tu mano y es tu lengua,
tu nariz, tus oídos, tus pupilas
y tu humana conciencia recogiendo
tanto material presto a la hermosura.

Cuando la bomba aséptica extermine
córneas, tímpanos, lenguas, pituitarias
y piel en forma tuya edificados,
¿qué será de esta pobre geografía
sin el soplo de un dios que la despierte?
           
Si analizamos este poema, desde los puntos de vista de las estrofas, de la métrica y de la rima, dicho poema es poliestrófico, los versos son de arte mayor (endecasílabos) con rima paroxítona y blancos. Hay tres encabalgamientos léxicos: versos 3 con 4, 7 con 8 y 16 con 17.
                                                           NAUFRAGIO

El mar en Santa Bárbara es un claro
mastín de espuma. Ladra entre las rocas,
lame las finas manos de la arena,
va y viene por las conchas,
y a los lentos corderos de la tarde
hasta el redil del horizonte acosa.
Trae en los dientes algas, juega
con viejos corchos, con maderas rotas...
Acaso son oscuros, pobres restos
de un naufragio remoto. Por las olas
viene en la triste tabla carcomida,
hecha frío despojo, una congoja
humana, un pulso a flote
de corazón cegado, una memoria
de vidas por un mar ya sin orilla
hacia un día que ya no tiene aurora.
Contemplamos el mar. y nos miramos.
Tal vez aquí solloza,
en esas tablas, un amor, un sueño
que aún el olvido arrostra.
Y miramos el mar, cual si sintiéramos
que un oscuro naufragio nos convoca,
que olas del tiempo y soledad nos lanzan
contra arrecifes de tristeza, contra
mares de llanto sobre los que pasa
su helada mano un cielo sin memoria.

            Sin embargo, las principales diferencias, entre este poema y el anterior, se encuentra en las estrofas y en los versos. En este, las estrofas son heterométricas y los versos de arte menor (heptasílabos) y de arte mayor (endecasílabos). 

            Finalizo, con este soneto, que escribí, dedicado al egregio poeta cordobés. Titulé dicho soneto: Leopoldo de Luis, y dice así:

       LEOPOLDO DE LUIS

Venciste en las batallas de la vida
con tu verso aromado de ternura,
ése que da a la luz tanta hermosura
para que lleve siempre el alma erguida.

Una implacable sed recién nacida
copó tu corazón con desventura,
mientras la soledad bebe y apura
el cáliz de tu sangre incomprendida.

En ti resplandeció la poesía
de la justicia sin hechicería
al compás del amor uncido al cielo.

Caminaste, Leopoldo, entre miradas
de rosas y azucenas enjauladas
por aquel huracán forjado en hielo.

               
Carlos Benítez Villodres
                                   Málaga (España)

(Del libro TRANSPARENCIAS. Ed. “Granada Club Selección”. Granada 2018)




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