Lanzarote y César Manrique, una isla volcánica llena de arte








Lanzarote y Manrique, una isla volcánica hecha arte

Cuando baja por las escaleras de aquel avión, creía superar una prueba de supervivencia; el aterrizaje fue tan brusco que siendo la primera vez que volaba en avión, le pregunté a mi mujer si siempre eran así los aterrizajes; se lo decía gritando, pues los chillidos de los niños hacían cualquier conversación inaudible. Después supe que la bajada “en picado” fue una maniobra del piloto necesaria debido a la corta longitud de la pista del aeropuerto de Arrecife, la capital de la isla de Lanzarote.

Una vez en el exterior del aparato, bajando las escalerillas, el paisaje era tan inhóspito que parecía haber llegado al mismo infierno: unas montañas de ceniza negra y un viento intenso me produjeron aturdimiento, solo quería regresar a casa y abandonar aquel lugar.

Tras varios días en la isla, los vientos alisios se me avinieron y sentía, como decía Manrique, como si un gran ventilador natural nos refrescara y relajara. El Parque de Timanfaya con el Restaurante del Diablo en el Islote de Hilario, las cavidades mágicas de los Jameos del Agua, el Mirador del Rio, las burbujas volcánicas de la Casa de Manrique, la vides de La Geria sobre la ceniza volcánica, el Jardín de Cactus, el encuentro con el ceramista Brito, hicieron que nuestra visita fuera inolvidable.

De todo esto han pasado 25 años, era el año 1994 y aún estaba muy caliente el recuerdo de Manrique, fallecido en septiembre de 1992. Ahora se celebra el centenario de su nacimiento en abril de 2019, y me ha servido para volver a vivir, ver volver como decía Azorín, volver a crear deliciosas imágenes ancladas en la memoria, re-crearme en aquellos buenos momentos.

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