Homenaje a Walt Whitman en el bicentenario de su nacimiento (y 3) Poemas




Quisiera ahora que leyérais varios poemas (incluyendo uno mio dedicado a Whitman y otro de Ezequiel Martóinez Estrada) que nos darán la medida de la sencilla y majestuosa humanidad del viejo Whitman, como este primero llamado “La casa de los muertos de la ciudad

En el portal de la casa de los muertos de la ciudad,
por donde pasaba alejándome del bullicio,
me detengo con curiosidad, porque, mira, acaban de traer el cadáver de una paria, de una pobre prostituta.
Depositan el cuerpo, que nadie ha reclamado, en el húmedo suelo de ladrillos:
divina mujer, su cuerpo, veo el cuerpo, solo miro ese cuerpo,
esa casa otrora llena de pasión y belleza; en nada más reparo:
ni la helada quietud, ni el agua que sale del grifo, ni los olores morbíficos me impresionan:
solo la casa, esa casa prodigiosa, esa bella casa delicada, ¡esa ruina!,
¡esa casa, más perdurable que todas las residencias jamás construidas, alineadas!,
Más que el capitolio cuya cúpula blanca corona una estatua majestuosa, más que las viejas catedrales y sus altísimas agujas, esa casita vale más que todo eso: ¡casa pobre, sin esperanza!
Ruinas hermosas y terribles, morada del alma, alma ellas mismas,
casa derruida, no reclamada: inspira el aliento de mis labios trémulos;
recoge la lágrima que derramo al alejarme, con el pensamiento puesto en ti,
casa muerta del amor, casa de la locura y el pecado, desmoronada, derruida,
casa de la vida, que hace poco aún hablaba y se reía, pero, ah, pobre casa muerta ya entonces,
casa decorada, llena de ecos, durante meses, durante años, pero
muerta, muerta, muerta.

Otro poema inolvidable es el que recita el profesor Keating a sus alumnos en la película “El club de los poetas muertos”:

¡Oh, yo!¡Oh, vida! De las preguntas recurrentes
de las filas interminables de desleales, de las ciudades llenas de necios,
 de mí, que siempre me reprocho algo (porque ¿quién hay más necio que yo?, ¿y quién más desleal?),
de ojos que ansían la luz en vano, de los objetos despreciables,
de la lucha siempre renovada,
de los magros resultados de todo, de las sórdidas multitudes que veo ajetrearse
a mi alrededor,
de los años vacíos e inútiles de los demás, con los que me mezclo y confundo,
la pregunta, ¡oh, yo! tan triste y recurrente, es: ¿qué hay de bueno en todo esto, oh yo, oh vida?

Respuesta

Que estás aquí, que la vida existe, y la identidad,
Que prosigue la obra sobrecogedora, y que tú puedes contribuir con un verso.


O este otro tan famoso que dedica a Abraham Lincoln:

Oh capitán, mi capitán!
[Poema - Texto completo.]
Walt Whitman
¡Oh capitán, mi capitán!
Terminó nuestro espantoso viaje,
El navío ha salvado todos los escollos,
Hemos ganado el codiciado premio,
Ya llegamos a puerto, ya oigo las campanas,
Ya el pueblo acude gozoso,
Los ojos siguen la firme quilla del navío resuelto y audaz,
Mas, ¡oh corazón, corazón, corazón!
¡Oh rojas gotas sangrantes!
Mirad, mi capitán en la cubierta
Yace muerto y frío.
¡Oh capitán, mi capitán!
Levántate y escucha las campanas,
Levántate, para ti flamea la bandera,
Para ti suena el clarín,
Para ti los ramilletes y guirnaldas engalanadas,
Para ti la multitud se agolpa en la playa,
A ti llama la gente del pueblo,
A ti vuelven sus rostros anhelantes,
¡Oh capitán, padre querido!
¡Que tu cabeza descanse en mi brazo!
Esto es sólo un sueño: en la cubierta
Yaces muerto y frío.
Mi capitán no responde,
Sus labios están pálidos e inmóviles,
Mi padre no siente mi brazo, no tiene pulso ni voluntad,

El navío ha anclado sano y salvo;
Nuestro viaje, acabado y concluido,
Del horrible viaje el navío victorioso llega con su trofeo,
¡Exultad, oh playas, y sonad, oh campanas!
Mas yo, con pasos fúnebres,
Recorreré la cubierta donde mi capitán
Yace muerto y frío.






Vocalización

I

Vocalización, temple, concentración, determinación y el divino
poder de pronunciar palabras.
¿Has fortalecido los pulmones y flexibilizado los labios con mucho ensayo,
con una práctica decidida, o te los ha otorgado tu constitución?
¿Te mueves en esas amplitudes con idéntica amplitud?
¿Has alcanzado, como debe ser, el divino poder de pronunciar
palabras?
Porque solo al final, después de muchos años, después de la castidad, la amistad, la procreación, la prudencia y la desnudez,
después de recorrer la tierra y atravesar ríos y lagos,
después de desembarazar la garganta, después de absorber épocas, temperamentos, razas, después del conocimiento, la libertad
y los crímenes,
después de una fe completa, después de aclaraciones y elevaciones,
y de apartar obstáculos,
después de todo esto, y de más, puede, solo puede, que a un hombre, o a una mujer, le sobrevenga el divino poder de pronunciar palabras;
en ese caso, todos corren a su lado: nadie se niega, acuden todos:
ejércitos, barcos, monumentos de la antigüedad, bibliotecas, cuadros,
máquinas, ciudades, odio, desesperación, concordia, dolor, robo, asesinato
y aspiración cierran filas
y de disponen, como se les requiere, a marchar obedientes,
por la boca de ese hombre o de esa mujer.



II

¿Oh, qué hay en mí que hace temblar de ese modo, al oír
esas voces?
Seguiré sin vacilar, a quienquiera, hombre o mujer, que me hable
con la voz adecuada,
como el agua sigue a la luna, en silencio, con pasos fluidos, en todos
los rincones del globo.

Todo espera a la voz adecuada

¿Dónde está el órgano ejercitado y perfecto?,¿dónde, el alma desarrollada?
Porque veo los sonidos de las palabras que pronuncian son más profundos,
más dulces y nuevos, imposibles en otras condiciones.

Veo cerebros y labios cerrados, tímpanos y sienes intactos,
hasta que advenga lo que tiene la cualidad de golpear y de abrir,
hasta que advenga lo que tiene la cualidad de revelar
cuanto permanece dormido, aunque siempre esté dispuesto,
en todas las palabras.


En mi vejez doy las gracias

En mi vejez doy las gracias; gracias antes de partir:
por la salud, el sol de mediodía, el aire impalpable, por la vida
por el mero hecho de vivir;
por los preciosos e inextinguibles recuerdos (de ti, querida medre;
de ti, padre; de vosotros, hermanos, hermanas, amigos);
por todos mis días, no solo los vividos en paz, sino también
los días de guerra;
por las palabras cordiales, las caricias, los dones de otras tierras;
por darme albergue, vino y alimentos, por la amable estima
(vosotros, bienamados lectores, lejanos, nebulosos, desconocidos,
jóvenes o viejos, innumerables, indeterminados;
nunca nos hemos conocido, y nunca nos conoceremos, pero
nuestras almas están fundidas en un largo y estrecho abrazo);
por los seres, los grupos, el amor las acciones y las palabras, los libros;
por los colores y las formas;
por todos los valientes, fuertes y abnegados, que han acudido
con prontitud en auxilio de la libertad,
en todas las épocas, en todas las naciones,
y por aquellos aún más valientes, fuertes y abnegados (un laurel
especial, antes de partir, para los elegidos en la guerra de la vida,
los servidores del cañón del canto y del pensamiento,
los grandes artilleros, los líderes supremos, capitanes del alma):
como un soldado que ha vuelto de una guerra concluida,
como un viajero que ha vuelto de una guerra concluida,
como un viajero entre miríadas de viajeros,
que recuerda la larga procesión,
doy las gracias, ¡gracias regocijadas! las gracias de un soldado,
de un viajero.

(De horas de un septuagenario)





El aliento de Whitman

All truths wait in all things”
(Walt Whitman)
Si, todas las verdades
nos esperan
en todas las cosas,
nos enseñaste
viejo y sabio Whitman
en tu biblia
poética y profética.
Te entregaste al lodo
para brotar como la hierba
que amaste.
Todo lo sucio y lo feo,
también forma parte
del existir,
ese milagro incomprensible,
lleno de misteriosas
verdades
a la espera de ser descubiertas.




Víctor M. Pérez Benítez
En el bicentenario del nacimiento de Whitman
2019



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WALT WHITMAN

Divagando en los círculos superiores y abstrusos
O bien sencillamente contradictorio y vivo
(todo sabiduría o todo paradoja),
pasas, aunque has ”tornado a los eternos usos
de la tierra”, esta vez aún más imperativo,
como en la encarnación final de Barbarroja.

Perseguiré tus huellas con la ansiedad del perro
en la tierra que plasma y en los astros que ritman,
donde quiera que ahora reproduzcas, Walt Whitman,
Las canciones autóctonas de la Isla de Hierro.

Si estás en la bandera constelada y rayada
o en la reja que vuelca virilmente la gleba,
o en el hito que atisba de pie como un reproche,
o en el nupcial coloquio que aviva la alborada,
o en la tripulación que se arma y se subleva,
o en el tropel de búfalos que atraviesa la noche,
o en el vacío enorme del silencio y la muerte,
recibe este saludo, que hago al azul y al viento
Con la impresión segura de abrazarte un momento
Y el miedo lacerante de volver a perderte.

Ezequiel Martínez Estrada. Argentino (1895-1964)


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