“La playa de los ahogados” de Domingo Villar












“La playa de los ahogados” de Domingo Villar


Recientemente terminé de leer la primera novela de Domingo Villar: “Ojos de agua” con una sensación de necesidad: la de seguir leyendo las aventuras del policía vigués Leo Caldas. Por ello, acabo de terminar “La playa de los ahogados” con la satisfacción de haber disfrutado de una pieza construida con honestidad y valentía. La destreza de este escritor es la de transformar lo local en universal.

Domingo Villar es un escritor que emociona y que en ningún momento nos deja indiferentes. La manera de relatar es visual y profunda. Capítulos muy cortos (he contado hasta 106) que se inician siempre con una palabra polisémica y sus significados; son siempre palabras que guardan relación con lo que se relata, con los acontecimientos que nos describe, con esa fuerza que le da el inmenso amor a la palabra y a su tierra gallega.

Porque una de las habilidades de su novela policíaca, donde, como suele pasar, el cadáver aparece al inicio, es que nos transporta a la orografía tan peculiar de la ría de Vigo, al carácter tan especial de los gallegos, donde la ambigüedad es una forma inteligente de abordar los problemas. Porque en el caso de Vigo, una ciudad con tantas horas de sol y paradójicamente, uno de los sitios de la península donde más llueve, el carácter de sus gentes es socarrón y la ironía es siempre salvaguarda para los cambios inesperados.

Leo Caldas es un solitario policía, con una relación especial, a veces difícil con su padre, y que ha vivido el agrio desencuentro con su pareja, Alba. Le acompaña siempre, Rafael Estévez,  un aragonés recio, de gran estatura, algo violento y poco flexible que no encuentra a menudo la manera de relacionarse inteligentemente con las personas que trata, pero que guarda una gran lealtad a su jefe Leo Caldas.

He recordado mi viaje de hace unos tres años  de una semana en Vigo, de la que guardo un cálido recuerdo. Las vistas desde el Castro de toda la ciudad, son difíciles de olvidar.



Pero he de decir que muchos, la mayoría, de los sitios donde se desarrolla, no los conozco, por ello me he guiado con planos e imágenes en Internet, situándome en la playa de la Madorra, el puerto de Panxón en Nigrán, en Monteferro y su faro de Punta Lameda, haciendo la lectura aún más agradable y sugerente.

Es además, una novela gastronómica donde además del pulpo, la lechuga galega, los percebes o las nécoras que aparecen con sus sabor a mar, podemos sentir la presencia ineludible del vino que tanto ama Domingo Villar.

También es una novela con sabor a mar y a ría, a barcos y aparejos de pesca, a naufragios y fracasos, a ricos caldos en restaurantes acogedores, en definitiva, un canto a la amistad.

Como dejar de pasar la música de la novela: “La canción de Solveig” de Grieg o la película “Capitanes intrépidos” que sobrevuela en varias ocasiones las escenas para dotarlas de poderío.

Un escritor que se nos revelará auténtico por su sencillez, derivada de un esfuerzo descomunal de estilo y de humildad. Un estilista del ritmo, con gran habilidad para acercarnos emocionalmente a los personajes y a la vez que nos mantendrá en vilo con el desenlace de las investigaciones.

Una novela que nos acercará a un territorio mágico y único, y que nos descubrirá el porque la literatura es hermosa.

Víctor M. Pérez Benítez  Málaga 13 de agosto de 2019.




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