Sobre Azorín por José Antonio Muñoz Rojas








SOBRE AZORIN

Todo era tratable para la mano delicada, todo tenía para ella su toque justo, su adecuada luz. Un cierto lustre que le salía a las cosas que este Azorín tocaba. Ya íbamos sabiendo algo de él. Pero a medida que su encanto crecía, se hacían más impenetrables sus razones. Sí, este Azorín sabía tratar las cosas, sabía nombrarlas, nada de ellas, de su mano, resultaba maligno. Sí en cambio levemente triste, hondamente asombroso. Nada escapa al toque de esta palabra, al asombro de estos ojos, a la perplejidad amorosa de este gesto. El mundo tiene su son, la palabra, donde resuena, por la que nada permanece recluso, por la que cabe asomarse y amarlo todo. El asombro del mundo es expresable en hermosura, en temblor. Esta Azorín ha tenido siempre un caudal de asombro incalculable. Su palabra es la configuración expresiva de su asombro, frente a las cosas. El asombro hecho viva comunicación, amoroso puente. Y siempre el lento fluir, nuevo, arrebatador en su parsimonia de hermosura, brotado de un hontanar de humana ternura, con cadencia de humano latido, alentando una humana esperanza. La prosa era en verdad espejo, río, en cuyo fluir aquí y allá la angustia ponía sus ennoblecedores toques.

Pocas veces, sí alguna, se ha visto en castellano la palabra tratada, cogida y puesta en su sitio con este cuidado, con ese gusto, con ese respeto. Nunca en castellano nos ha llevado las palabras en un fluir de hermosura semejante, en un tan justo aparejamiento de matices, con una tal oscilación entre la melancolía y la delicia, la hondura y la limpidez. Nunca como en este espejo, este río, esta prosa, esta poesía de Azorín.

(José Antonio Muñoz Rojas. De “Amigos y maestros” editorial pre-textos)




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