Un invierno en el paraíso de Lola Clavero, reseña de José Luis Ortiz









Un invierno en el paraíso, de Lola Clavero


·        Novela histórica ambientada en la Málaga del siglo XIX, y más precisamente en el mundo artístico de la ciudad.

·        El relato se inscribe en la tradición realista. Galdosiana sobre todo, por lo que tiene de retrato social, de ambientes y caracteres –en este caso, en una ciudad de provincias.

·        Así mismo, rasgos barojianos, sobre todo en la descripción de personajes.

·        Muy propio del realismo de Lola Clavero es el uso del humor, un humor sutil y, en ocasiones, hasta tierno. Aprecio algunos rasgos satíricos en el retrato de personas esquinadas.

·        Narración –fluida- en tercera persona, con un narrador omnisciente que interviene con frecuencia en el propio desarrollo de la narración, con digresiones que vienen al caso, muy habituales en la novela realista del XIX, y que, en ocasiones, suponen un guiño al lector contemporáneo (p. 19 y 24, sendos ejemplos). Diálogos naturales y vivos.

·        La estructura de la novela es sencilla, pero útil, y un léxico de notable amplitud, sin caer jamás en el hermetismo. No rehúye Lola Clavero la expresión castiza ni los malagueñismos, llegado el caso.

·        Desarrollo lineal de la acción, respetando una cronología que va desde la llegada del pintor valenciano Bernardo Ferrándiz a Málaga (1868) hasta los primeros años del siglo XX, cuando Picasso comienza a ser conocido en París. No obstante, hay un uso ocasional del flashback para completar algunos aspectos biográficos de los personajes.

·        La novela está dividida en cinco secciones, cuyos títulos son bien significativos: “Óleo”, “Acuarela”, “Pastel”, “Aguafuerte” y “Litografía”.

·        Conforme se lee la novela, se piensa que es una ficción histórica centrada en el personaje del pintor Ferrándiz. Sin embargo, en la cuarta sección, Ferrándiz muere, y queda toda una sección, la última, dedicada a los avatares históricos y artísticos de la ciudad, cuyo fino hilo lineal –que va consolidándose poco a poco hasta convertirse en núcleo- es la figura de otro pintor, de vida trágica: Joaquín Martínez de la Vega. Dicho de otro modo, es la ciudad de Málaga de este período, con sus ambientes y formas de vida, la que unifica toda la obra, a través de las peripecias vitales de dos protagonistas, dos pintores: primero Ferrándiz; luego, Martínez de la Vega.

·        En cuanto a la propia ficción, se percibe de inmediato que los hechos están perfectamente documentados desde el punto de vista histórico, tanto en lo que concierne a la sociedad que describe como a la biografía de los personajes. Al mismo tiempo, hay por toda la novela excelentes comentarios sobre cuadros y pintura, que demuestran la formación de Lola en este terreno. El espacio de ficción, como sabemos, reside en el mismo hecho de novelar los materiales de que se dispone, seleccionando dicho material, adoptando determinado punto de vista, o bien adentrándose en los pensamientos de los personajes, recreando sus acciones o inventando diálogos entre ellos.

·        Los episodios que se aglutinan en torno a la vida de Ferrándiz, como decimos, abarcan 4/5 partes del libro. El personaje queda magistralmente retratado en todas sus facetas y contradicciones: apasionado, polémico, insolente, rebelde, reivindicativo, tierno, sentimental, quijotesco -aunque con su punto de orgullo-, republicano y progresista. Desde su modesto puesto de profesor en la Escuela de Bellas Artes, institución subordinada a la Academia de San Telmo, el “héroe” tiene sus antagonistas: la burguesía de la Málaga provinciana y figurona, ultraconservadora, dogmática y auténticamente carca, atesorando el poder, encarnadas en el presidente de la Academia, José Freüller, marqués de la Paniega, y, por otra parte, el amigo del marqués y archienemigo de Ferrándiz, el arquitecto de la ciudad Juan Nepomuceno Ávila.  Antagonistas cuyas acciones retratan perfectamente su personalidad. También dedica la autora jugosas páginas a la relación de Freüller con su hermanastro, el mujeriego, libertino y gran novelista Juan Valera.

La oposición ideológica entre estos personajes y sus mundos respectivos, tiene su correlato en una divergencia estética radical en el terreno de la pintura; del academicismo aún apegado al neoclasicismo de los más conservadores, a las formas más libres, progresivamente menos academicistas, hacia las que Ferrándiz y sus discípulos van evolucionando. Conviene tener en cuenta que su ídolo pictórico era su amigo y coetáneo Mariano Fortuny, “su Maestro entre los maestros”, ejemplo también de atrevimiento y constante evolución artística. Son magníficos los capítulos dedicados a Fortuny y a la relación entre este y Ferrándiz. Fuera de ese academicismo idealista, se consideraba menor y de mal tono elegir temas poco elevados –plebeyos, diríamos- como los que cultiva Ferrándiz, es decir, temas costumbristas. Una lucha no menor entre los artistas más renovadores será la de liberar el arte de esa convención tan aristocrática como ridícula de considerar la elección de un tema como determinante para evaluar la calidad de un lienzo; el mismo Velázquez tuvo que luchar contra ese prejuicio estúpido, al acometer pinturas que se salían de esta norma: pintando bodegones, enanos, bufones, mujeres y hombres del pueblo llano, para demostrar que el verdadero arte no debe regirse por convenciones estúpidas. Algo parecido ocurrirá, dos siglos más tarde, cuando los cultivadores de la pintura costumbrista desafíen a los academicistas. 

·        En el terreno de pura pose social queda el pomposamente llamado Liceo Científico, Artístico y Literario de Málaga, un auténtico casino para la burguesía provinciana, institución banal, superficial y rancia que, sin embargo, contaba en su cátedra de Pintura con artistas como Emilio Ocón, Denis Belgrano, Horacio Lengo y el llamado “Velázquez malagueño”, excelente pintor, Joaquín Martínez de la Vega, inicialmente enconado enemigo de Ferrándiz. El cometido de estos profesores consistía en entretener a esta sociedad adinerada, como, en el mismo Liceo, se la entretenía a base de fiestas de Carnaval, Juegos Florales o veladas poéticas. Todo ello aparece recogido en una entretenida y jugosa narración.

·        La vida de Ferrándiz discurre entre su doble vocación de pintor y de profesor de Pintura – respetado por sus discípulos-, sus deseos de elevar la pintura a un rango superior de Arte (aquí se percibe el retraso malagueño, quizá español, de considerar aún el arte como oficio artesano, de mera subsistencia) y, paralelamente, mejorar el rango de estudios de la Escuela de Bellas Artes y las condiciones laborales de los profesores. No menos importante, es su vocación política, un republicano convencido que no elude la disputa dialéctica –a veces a través de los puños-, aunque terminará apoyando a los políticos de la Restauración. Todo ello, choca, como dijimos, con la idea que la clase dirigente tiene sobre la estética, y aún más allá, sobre la función social de la pintura, y con su correlato político ultraconservador.

·        En flashback, asistimos a sus orígenes humildes en Valencia, sus dotes, aun de niño, para la pintura, su aprendizaje en Valencia, Madrid, París, su amor –tierno y a menudo divertido- por Carolina Terán, hija de un brigadier levantino, y, finalmente, después de todo, su estancamiento como artista y su llegada a Málaga como opción de subsistencia económica. Un buen pintor, a secas, aunque él se percibe “mediocre”; como tantas promesas frustradas en el ejercicio de cualquier profesión.

·        Su legado queda bien resaltado en la novela: los discípulos de su magisterio, entre los que destacan Pedro Saénz Sáenz, José Nogales y, sobre todo, otro pintor que alcanzó la gloria en vida, amigo de Ferrándiz hasta en el lecho de muerte del valenciano: el gran José Moreno Carbonero, de quien Lola escribe bellas páginas.

·        En aquella Málaga, unidos a Ferrándiz, se aglutinan artistas, periodistas y escritores de aquellos años, todos con mayor o menor cabida en la historia: Juan José Relosillas (íntimo amigo, republicano, y tan rebelde y polémico como Ferrándiz), Muñoz Cerissola, Jerez Perchet, Emilio de la Cerda, Muñoz Degrain, José Ruiz, Arturo Reyes, los citados Moreno Carbonero y José Nogales…

Paralela a su consideración pública como pintor y profesor (pues llegará a ser director de la Escuela de Bellas Artes –con el consiguiente disgusto de Freüller- e Hijo Predilecto de Málaga), Ferrándiz irá cambiando de domicilio: una hacienda en Barcenillas, una casa en el Camino Nuevo…

·        La vida social malagueña queda perfectamente recogida en estas páginas: ese eje burgués-aristocrático de la Alameda, el mundo pequeño burgués del chupa y tira en los alrededores de la plaza de la Merced… Aunque en las secciones dedicadas a Ferrándiz aparecen algunos apuntes, habrá que esperar a la última sección, protagonizada por Joaquín Martínez de la Vega, para que la autora se introduzca de su mano en el mundo tabernario y de la prostitución, tan extendido en Málaga, en especial de la Málaga de la decadencia económica tras la crisis de la filoxera.

·        Como decimos, tras la muerte de Ferrándiz, la historia parece quedar en suspenso. Así, la sección quinta y última, titulada “Litografía”, se abre con un pequeño cóctel de vidas y sucesos: la vida matrimonial y andanzas del mimado de la fortuna Martínez de la Vega; la evolución ideológica del otrora rebelde Relosillas; el malvivir de pintores como Emilio Ocón, Denis Belgrano, Nogales Sevilla o Bracho Murillo; los avatares de Trinidad Grund; la niñez de Picasso; el naufragio de la fragata Gneisenau… Y luego cómo marchaba la vida local –en crisis prolongada-, pero también la española. En este fresco, siempre aparece –como referencia ineludible- alguna alusión episódica a un Martínez de la Vega adentrándose en el mundo de la bohemia y, como la ciudad, en progresiva degradación física y moral. El proceso autodestructivo de este personaje –que da lugar a páginas excelentes- se adueñará finalmente de la novela, como símbolo de lo mudable que es la Fortuna, y de lo ruinosas que pueden llegar a ser la belleza y la opulencia con el paso del tiempo.

·        Cuando lleguen al Epílogo, comprenderán el largo viaje que han hecho a través de apenas 300 páginas: cómo los viejos tiempos del Arte –las primeros capítulos- han dado paso a una nueva época, para algunos –como Muñoz Degrain- indescifrable.




Comentarios

Entradas populares