El balcón de invierno de Luis Landero

 


El balcón de invierno de Luis Landero

 

            Un hombre, escritor, profesor recién jubilado, comienza a escribir una nueva novela, no las tiene todas consigo: Las armas de fuego siempre habían ejercido sobre él una oscura atracción. Muchas veces había pensado que una pistola de bolsillo, aunque fuese una de esas para señoritas, que parecen de juguete, hubiera sido otro hombre, más seguro de sí, más capaz de sustentar las miradas ajenas, otros andares, otra filosofía, otra manera de callar, otro modo de ser. Lee y piensa, es un día de invierno, un invierno definitivo para él, se asoma a la ventana y recuerda la conversación que tuvo con su madre, su padre recién muerto, él dieciséis y su madre cuarenta y siete, ¿qué haremos ahora? Le preguntó su madre.

            Este es el marco en el que se gestó El balcón de invierno, en el que los recuerdos de la infancia y la adolescencia invadieron a Landero para escribir esta novela tan maravillosa. Escrita a pinceladas evocadoras, con momentos fundacionales: cuando descubre que su pueblo no es el centro del mundo, cuando se ve vestido con un mono de trabajo por vez primera, cuando compra el libro El criterio de Balmes o cuando muere el padre.

            Sin duda, El balcón de invierno es un libro donde late la nostalgia de un tiempo perdido, los recuerdos de los tiempos en el campo donde su abuela Frasca, analfabeta, le contaba las historias una y otra vez embelesándole.

            Tiempos de tradición oral, un ritmo de vida que impregnará ya para siempre el alma de Landero. Después la llegada a Madrid, el colegio de curas, el querer ser cura, el afán de su padre de hacer de él un hombre importante, cuando deja a Dios y se enamora de Becquer,  poeta de catorce años, una madre abnegada y paciente, las hermanas, el primo Paco y la guitarra, su paso por talleres y oficinas y él siempre a contracorriente.

            Dice Landero que la sinceridad no tiene tanto que ver con la ficción o la realidad, sino con algo misterioso, más bien en el tono, en que el libro esté latiendo, que tenga vida. La sinceridad por sí misma no es una cualidad pero añadida a la verdad literaria si es una cualidad.

            Los latidos de El balcón de invierno son intensos, toda la narración está impregnada de melancolía, de una alegre melancolía, la nostalgia de Landero es reivindicativa de un tiempo, de un paraíso perdido, de un mundo rural, lleno de contacto con la naturaleza y entre las personas, una vida en trance de desaparición y solo rescatable por la literatura o el cine. Me recuerda a otro gran escritor defensor de la vida en el campo, Miguel Delibes. También, el hecho de que en su casa, campesinos semianalfabetos, no hubiese más que un libro y ahora él tenga miles, me trae el recuerdo de otro gran escritor español, Fernando Aramburu.

            Decía Danny Kaye: La vida es un gran lienzo en el que debes volcar toda la pintura que puedas. Estas pinceladas de Landero están dadas con ese espíritu, de manera contenida, pero con autenticidad y brío, ha volcado toda la pintura para mostrarnos un cuadro realmente hermoso.

            Enhorabuena Luis.

VMPB  20 de junio de 2021

           

           

Comentarios

Administrador ha dicho que…
Se hace tan atractiva la lectura del libro, como esas palabras tuyas con las que siempre engalanas cualquier objeto, ser o acontecimiento que te conmueva. Y es entonces un doble disfrute. Y sin duda que hay que seguir el consejo de Danny, aunque a veces creamos que se nos han agotado los colores. Abrazos querido amigo.
siroco-encuentrosyamistad ha dicho que…
Un libro que late y una amistad que impulsa vida. Gracias

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